Oaxaca.- El Cianuro de Potasio fue un arma de muchos usos y muy delgadas aristas. Aquel veneno fue el que ingirió el estudiante de medicina coahuilense para terminar con las atribulaciones de su apasionada vida. Aquel tóxico le arrancó de tajo las penurias físicas y del corazón y, la terrible tristeza que arrastraba a sus 24 años.

Rosario de la Peña y Llerena, era la tercera hija del matrimonio que formaban Juan de la Peña y Margarita Llerena. Vivían en una casona en la Plaza Santa Isabel; en las inmediaciones del espacio geográfico que hoy día ocupa el Palacio de Bellas artes en la capital de nuestro país. La joven de la Peña, con dotes de marcada sensibilidad e inteligencia, conducía un salón literario; en donde, organizaba veladas en las que participaban algunos de los intelectuales más destacados de la época: Riva Palacio, Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez “El Nigromante”, Manuel M. Flores, Irineo Paz, Justo Sierra, Juan José Baz, Juan A. Mateosy, etc. Para aquella clase de intelectuales, la señorita de la Peña poseía encantos por demás comprensibles; sobre todo, si se tiene en cuenta que aquel era el México de los setentas del siglo XIX.

Manuel Acuña, de 23 años y originario de Saltillo, Coahuila; ya había sido consagrado a nivel nacional como escritor y poeta de altos vuelos; por lo menos así lo mostraban dos obras de teatro y un libro de poemas de su autoría. Al igual que muchos tertulianos de Santa Isabel, pretendía sin éxito a la joven Rosario.

Alguno de esos días citadinos de complejidad imposible, Guillermo Prieto le advirtió a de la Peña que el poeta Acuña tenía amoríos con por lo menos dos damas: una lavandera y una poetisa. Al ser increpado por Rosario, Acuña no pudo ocultar la verdad ¡Había sido descubierto!

El poeta se quitó la vida en el cuarto número 13 de los dormitorios de la Escuela Nacional de Medicina en donde estudiaba. La versión más sonada sobre su muerte; es la que apunta que, decidió quitarse la vida luego de que la multipretendida Rosario de la Peña le reclamara por llamarla su santa prometida, al mismo tiempo de sostener otros romances con una joven lavandera, conocida como “Celi”, y con la escritora Laura Méndez Lefort.

Ignacio Manuel Altamirano le reclamó por la muerte del poeta. Otros compañeros, reprocharon a Rosario la muerte del coahuilense. En Francia, en España y en Chile se publicaron diatribas contra ella. Rosario siempre dijo a varios medios que nunca había alentado los amores del malogrado Acuña.

Juan de Dios Peza y Justo Sierra, amigos del suicida sabían que era un joven de salud frágil, constantemente en lucha con lapsos depresivos, con enormes carencias económicas y terribles traumas infantiles.

Manuel Acuña Narro, escribió con el alma y murió de sentimiento en un mundo que muchas veces no comprende a los escritores jóvenes. Un poeta de contradicciones, de marcados claroscuros; con quien se demuestra categóricamente que, en los recovecos de la vida; en aquellos finales abruptos, inesperados e injustos… la felicidad es peor vendedora que la desgracia.

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