Este domingo celebramos la Ascensión del Señor. Ascensión proviene del latín ascendere y significa subir. La Ascensión de Jesús es el acontecimiento de su elevación al Cielo (Lc 1, 3-11), la cual hizo por su propio poder, dado que es verdadero Dios.

     En Hechos de los Apóstoles (Hch. 1, 1-11) se nos narra que después de la Pascua Jesús se dejó ver por sus discípulos durante 40 días, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y hablándoles del Reino de Dios, además de que les prometió que recibirían la fuerza del Espíritu Santo (lo cual aconteció en Pentecostés, que estaremos celebrando, Dios mediante, el próximo domingo), y que serían sus testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los extremos de la Tierra. Y así, a la vista de sus discípulos, fue elevándose hasta que una nube lo ocultó a sus ojos.

     La Ascensión del Señor fue ese acontecimiento histórico y trascendente que marcó la transición de la Gloria de Cristo Resucitado, a la de Cristo exaltado a la derecha del Padre, “por encima de todo Poder, Autoridad, Dominio y de toda otra Fuerza o Gobierno, más arriba de todo lo que cuenta en este mundo y en el otro. Dios lo colocó todo bajo sus pies y lo constituyó Cabeza de la Iglesia. Ella es su cuerpo y en ella despliega su plenitud el que lo llena todo en todos” (Ef. 1, 21-23).

O sea, que Cristo ascendió a “la Gloria y el honor de la divinidad. Aquél que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos, como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente (a la diestra del Padre), después de que se encarnó y de que su Carne fue glorificada” (San Juan Damasceno); y desde el Cielo nos atraerá hacia Él (Jn 12, 32), como ya lo hizo con su Madre Santísima; pues Cristo nos aseguró que “en la Casa de su Padre hay muchas habitaciones, ahora fue a prepararnos un lugar, pero volverá y nos llevará consigo, para que donde Él esté, estemos también nosotros, y ya sabemos el camino para llegar al lugar a donde Él se fue” (Jn. 14, 2-4).

     Precisamente por eso, a partir de la Ascensión, los Apóstoles se convirtieron en testigos del “Reino que no tendrá fin” (Símbolo de Niceno-Constantinopolitano). Ojalá nosotros (todos los bautizados y de manera especial los que ya fuimos confirmados), recordemos que esa invitación de “vayan y hagan de todas las naciones discípulos míos” (Mateo 28,19-20), no sólo fue dirigida a aquellos Apóstoles, sino también a cada uno de nosotros, pues el Reino de Dios ha de extenderse a las personas de todas las naciones y de todos los tiempos.

     Esta función de transmitir la belleza de la fe con amor y dedicación, la han realizado desde muy antiguo los catequistas, hombres y mujeres bautizados, que han ejercido “el ministerio de transmitir de forma más orgánica, permanente y vinculada a las diferentes circunstancias de la vida, la enseñanza de los apóstoles y los evangelistas” (Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Dei Verbum, 8); y que, a partir de ahora, lo realizarán por institución ministerial, pues el Papa Francisco proclamó el pasado 10 de mayo la Carta Apostólica “Antiquum ministerium”, con la cual instituye el ministerio laical del catequista.

     El Papa Francisco nos ha dicho en ocasiones pasadas, que la Solemnidad de la Ascensión del Señor insta a todos a ser “testigos generosos de Cristo Resucitado”, conscientes de que Él, yendo al Cielo, no abandona a nadie, de hecho “siempre está con nosotros y nos apoya en el camino”. ¡Que así sea!

LUBIA ESPERANZA AMADOR.

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