Allí serán embarcados en buques destinados al efecto. En el momento mismo de la ejecución, haréis se sellen los archivos de las casas y los papeles de los individuos, sin permitir a ninguno de ellos llevar consigo otra cosa que sus libros de rezo y la ropa absolutamente indispensable para el tiempo de la travesía. Si después del embarque, quedase en ese distrito un solo jesuita, aunque fuese enfermo o moribundo, seréis castigados con pena de la vida. Yo, el rey”.

El decreto del rey fue tajante: “Os revisto de toda mi autoridad y de todo mi real poder, para que inmediatamente os dirijáis a mano armada a las casas de los jesuitas, os apoderéis de todas sus personas y los remitiréis como prisioneros en el término de 24 horas al puerto de Veracruz. Allí serán embarcados en buques destinados al efecto. En el momento mismo de la ejecución, haréis se sellen los archivos de las casas y los papeles de los individuos, sin permitir a ninguno de ellos llevar consigo otra cosa que sus libros de rezo y la ropa absolutamente indispensable para el tiempo de la travesía. Si después del embarque, quedase en ese distrito un solo jesuita, aunque fuese enfermo o moribundo, seréis castigados con pena de la vida. Yo, el rey”.

Como delincuentes, los miembros de la Compañía de Jesús fueron desalojados de La Nueva España de treinta casas, once seminarios, más de 100 misiones. Los opositores a la expulsión, en gran número indígenas, fueron enviados a la horca, azotados, desterrados o encarcelados.

A pesar de que confiaba mucho en su juicio ordenado, Carlos III (1759-1788) se rodeó de ministros anticlericales; y sobre todo, de antijesuitas. El Domingo de Ramos de 1766, hubo en Madrid, Cuenca, Valencia, Zaragoza y algunos otros lugares del Reino Español, protestas contra el Ministro Esquilache; como consecuencia de la prohibición a los españoles de usar capas largas y sombreros de ala ancha.

Los detractores de los miembros de La Compañía de Jesús, hicieron creer al monarca que los jesuitas habían tramado todo aquello. La gota que derramó el vaso contra la compañía fue el informe del 29 de enero del año siguiente que presentó el Fiscal Campomanes del Consejo de Castilla, en el que les acusaba abiertamente de buscar un gobierno universal, y para probarlo bastaba observar las fundaciones, reducciones, edificaciones, desarrollos que tenían en Paraguay. Les acusaba además, de publicar pasquines difamatorios contra el rey; de alborotar e instar al pueblo a la sublevación contra las autoridades, utilizando razones de índole religiosa.

Las acusaciones contra los jesuitas se resolvieron un mes después y fueron precisas: se ordenó la expulsión inmediata de tierras hispanas de los religiosos de La Compañía: sacerdotes, coadjutores, legos, profesos, novicios; y, todos aquellos que desearan compartir su suerte.

Pero, vayamos dos siglos atrás. La Compañía de Jesús llegó al continente americano en el último tercio del siglo XVI. Desarrollaron labores misionales y educativas que pronto se extendieron desde La Nueva España hasta Sudamérica. Particularmente en nuestro país tenían colegios, fincas, terrenos y propiedades desde Chihuahua hasta el vecino país de Guatemala.

En 1765, José de Gálvez llega a La Nueva España con amplios poderes, incluso por encima de la autoridad del propio Virrey; introduciendo nuevos impuestos y convirtiendo la manufactura del tabaco en un monopolio real. El malagueño no ocultaba su desprecio hacia los nacidos en La Nueva España. Restringió la autonomía de los pueblos indígenas, los ayuntamientos y las audiencias; aumentando el tributo a los indios y prohibiéndoles usar vestimenta española y montar a caballo. La orden para expulsar a los jesuitas llegó un 30 de mayo de 1767. El entonces Virrey de La Nueva España, el Marqués de Croix, ni tardo ni perezoso la hizo cumplir al pie de la letra. La disposición real se dio a conocer un mes después a la audiencia, al Arzobispo y demás autoridades. En la misma se podía leer:

“Se hace saber a todos los habitantes de este imperio, que el Rey nuestro señor, por causas que reserva en su real ánimo, se ha dignado mandar se extrañen de las indias a los religiosos de La Compañía (…) Su Majestad declara incursos en su real indignación a los inobedientes o remisos en coadyuvar a su cumplimiento; y se usará del último rigor y de ejecución militar contra los que en público o secreto, hicieren con este motivo conversaciones, juntas, asambleas, corrillos o discursos de palabra o por escrito; pues de una vez para lo venidero deben saber los súbditos del gran monarca que ocupa el trono de España que nacieron para callar y obedecer y no para discurrir ni opinar en los graves asuntos del gobierno”.

Los jesuitas, independientemente de todas las acusaciones en su contra -válidas o no- sobresalieron como exploradores, cartógrafos, etnógrafos y lingüistas; cualidades todas, que les valieron el afecto de los habitantes novohispanos, incluidos los de los pueblos originarios.

Sin ser fanáticos, los jesuitas eran los hombres ilustrados adoradores del nazareno. Su expulsión fue a todas luces un cisma para la Nueva España, un desastre educativo, un tejido intricado con demasiados hilos… un festín de caníbales.

-A la memoria de mi querido padre, Don Octavio Santiago Nieto

DEP.

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