Volvemos al principio. No aprendimos, no escarmentamos.

Nuevamente hace falta que muera el hermano, la prima o el mejor amigo después de una penosa agonía.

La muerte, como experiencia cercana -casi íntima-, es lo único que nos moverá a la acción: a vacunarnos y seguir las medidas de prevención del contagio.

En su “Breve historia del futuro” escrita en 2006, Jaques Atalli lanzó lo que parece ser el último aviso:

“En el futuro será cuestión de encontrar la forma de reducir la población. Empezaremos por el viejo, porque en cuanto supera los 60-65 años el hombre vive más de lo que produce y le cuesta caro a la sociedad.

Luego los débiles y luego los inútiles que no aportan nada a la sociedad porque cada vez serán más, y sobre todo finalmente los estúpidos.

Encontraremos algo o lo causaremos; una pandemia que apunte a ciertas personas, una crisis económica real o no, un virus que afectará a los viejos o los mayores”.

La realidad está superando a la prospectiva. Ya no están muriendo solo los viejos; ahora toca el turno a los jóvenes.

Y se están muriendo primordialmente porque no se cuidan y tampoco se quieren vacunar. Antes que los “débiles” y los “inútiles” se están muriendo los “estúpidos”.

La razones sobran y hoy son lo de menos. Lo único cierto es que la “estupidez” es la causante de esta nueva ola de contagios.

Hemos llegado a este punto gracias a quienes no se cuidan y a quienes no nos cuidan.

El mismo grado de responsabilidad carga quien deambula deliberadamente sin cubrebocas que quien convoca, bajo cualquier motivación, a concentraciones masivas que claramente son detonantes de la cadena de contagios.

Igualmente arrastran con la culpa quienes, teniendo todas las posibilidades, simple y sencillamente deciden no vacunarse.

No es necesario que lleguemos a comprender en su totalidad el mecanismo que hace posible la “inmunidad del rebaño”. Basta con saber que si me vacuno yo, difícilmente podré contraer el virus y consiguientemente contagiar a otros.

Vacunarse debe ser hoy un acto de generosidad, de solidaridad, de empatía y de la más elemental resposabilidad.

Todos esos son atributos históricamente reconocidos a los jóvenes de todas las épocas. Pero paradójicamente hoy se ven escasamente.

En “La economía de la vida” (algunas de cuyas páginas pude leer en línea) el mismo Jaques Attali delinea lo que debe ser nuestra nueva aspiración colectiva.

No se trata de volver al mundo de antes simplemente porque lo añoramos. Ese mundo es el que causó esta crisis múltiple y ha llegado el momento de replantearlo, de cambiar de paradigma.

Se trata de pasar de una economía que saca provecho de las desgracias a una centrada en los sectores que hacen posible la vida: la salud, la alimentación, la agricultura, la higiene, la educación, la energía renovable o la cultura.

No es una tarea fácil ni inmediata y queda en manos de la generación que sobreviva.

Pero parece que es mucho pedir para quienes ni siquiera están pensando en vacunarse.