El 4 de agosto celebraremos a San Juan Bautista María Vianney, conocido como el Cura de Ars, quien es el santo patrón de los Párrocos; es por tanto “el día del Párroco”. El Santo Cura de Ars decía que “si comprendiéramos bien lo que es un Sacerdote en la Tierra, moriríamos, no de miedo, sino de amor”.

    Así que me parece una buena oportunidad para ofrecer, en una especie de “carta de perdón”, una disculpa a cada uno de los Párrocos, porque, sin querer, quizá he caído (espero ser la única) en varios actos de omisión, de indisciplina, de indiferencia o hasta de injusticia ante ellos.

Perdóneme, querido Párroco:

    Por esas llegadas tarde a Misa, cuando me pasé hasta delante del templo, interrumpiendo la preciosa solemnidad de la Liturgia y su homilía, que seguramente le causó varios desvelos preparar.

    Perdón por esas veces que “me dolió el codo” para aportar un “estipendio”, y hasta con sorpresa expresé: ¡¿tanto por unos XV Años?! Ah, pero eso sí, no me “dolió” contratar todos los servicios de lujo para la fiesta social. Y no me puse a pensar en que ninguna Parroquia cuenta con un financiamiento de ningún tipo; sino que se sostiene, día a día, de lo que la gente de buen corazón da de estipendio, o de ofrenda (en la canastita de la limosna); de ahí usted tiene que solventar todos los gastos de la Parroquia y, si le alcanza, solventar sus gastos personales.

    Perdón por esa vez que, con indignación, le reclamé por decirme que no tenía tiempo en su apretadísima agenda dominical, pues yo le exigía que fuera a ver a mi familiar ancianito al hospital, para darle la Unción de los enfermos; a pesar de que durante meses o años, ese mismo familiar me rogaba que lo llevara al templo para recibir los “auxilios cristianos”, y yo me negaba, argumentando que “no tenía tiempo”.

    Perdón por no involucrarme de manera consciente en la formación catequética de mis hijos; al contrario, por “quejarme” de que la catequesis para cada Sacramento dure un año o que nos exijan un ciclo de pláticas a los papás y padrinos, o lleven un registro de nuestra asistencia a Misa dominical; y preferir “contratar” los servicios de un supuesto sacerdote que me repartió tarjetas en la calle y por un chorro de dinero hasta fue a mi casa a “celebrar la Misa”, pero todo era un fraude.

    Perdón por tacharlo de “elitista” porque tiene gran amistad con alguna familia de la comunidad; sin ponerme a pensar que esa familia le brinda la ayuda, comprensión y solidaridad que yo no soy capaz de darle.

    Perdón por exigir que usted sea un perfecto santo, aunque yo no soy ni la décima parte de lo que a usted le exijo, y ni siquiera he sido capaz de orar por usted.

    Perdóneme, querido Párroco, porque mientras usted entrega en nuestra Parroquia los mejores años de su vida, mientras usted reza por mí y por mi familia, yo sólo me la paso diciendo que aquel otro párroco “me caía mejor”, cuestiono sus decisiones y hasta me atrevo a juzgarlo.

    Le pido un favor, otro más de los muchos que a diario nos brinda a la comunidad: No deje de orar por nosotros, no deje de alimentarnos con el Pan vivo bajado del Cielo, y continúe remando mar adentro; necesitamos de usted más de lo que creemos. Desde hoy mostraré más actitud de servicio en nuestra comunidad parroquial y, sobre todo, lo mantendré en mis oraciones, rogando al Señor, que lo ha llamado a su servicio, que siga concediéndole sabiduría, fortaleza y caridad, y pidiendo a María Santísima su maternal protección y cercanía, para que usted se conforme cada vez más a Cristo, Cabeza y Pastor de nuestra Iglesia. ¡Que así sea!

LUBIA ESPERANZA AMADOR.

lubia_ea@hotmail.com