“Los jóvenes, a pesar de que han vivido poco todavía, acarrean como por herencia una especie de cansancio y de asco al mundo convencional de los adultos falsos. A través del tiempo ha ido la sociedad solidificando ciertas formas de vida que se vuelven posturas casi mecánicas y rituales. Ya podemos ver el mundo como habitado por marionetas ceremoniosas o exigentes de respeto para actitudes inauténticas.” (Juan José Arreola, LA PALABRA EDUCACIÓN, Biblioteca SEPSETENTAS, p.100 México, 1973)

En nuestros días suele usarse una denominación, ciertamente poco amigable, para describir a cada nueva generación, y es tanta la frustración de quienes se dedican a “catalogar” a la juventud que pareciera que quisieran ir con mayor prisa que el propio desarrollo de la edad que les preocupa, aún sin ocuparse de todo lo que determina la conducta de “sus objetos de estudio” que ni siquiera les merecen ser los sujetos de sus propias historias.

La arrogancia de la adultez, paradójicamente, generadora de la etapa humana que denuestan es tal que se vuelven en penitentes de sus propios pecados, en términos así, religiosos porque la carga mayormente viral de sus conductas, procede precisamente de altos contenidos de la falsa moral de las religiones, no es gratuito el retorno de contenidos de una espiritualidad alejados del laicismo en los programas escolares, para no usar la palabra educación aún.

Hoy se habla de “fragilidad” para describir a la juventud en turno, una generación de “cristal” según reza la verborrea de quienes no se sienten responsables de ser creadores y criadores de la misma. La perorata esa tampoco es novedad, con total seguridad podemos afirmar que cualquiera que esté leyendo esto recordará a sus padres, abuelos, quizá bisabuelos y hasta donde la genealogía le haya permitido conocer, la mención en resumen de que “todo tiempo pasado fue mejor” y del infortunio de “esa juventud de ahora” y expresar el suspiro al unísono del lamentable deterioro de las conductas de “la chaviza” pues, en todo caso, de cristal es la sociedad en general.

Quienes hemos tenido la fortuna de convivir con generaciones de jóvenes, podemos tener una perspectiva un tanto más justa, por decirlo de alguna manera, en cuanto a la gran capacidad de autopoiesis que traen consigo y de como muchas veces no tenemos los adultos. Son, fuera de toda “cristalización” sumamente adaptables a cualquier entorno, por muy complejo que este sea; inclusive pueden corregir errores que los adultos no alcanzamos a ver o que cometemos cuando no entendemos ni comprendemos sus nuevas realidades.

Me parece pues que lo sucedido en los juegos olímpicos, lo que estamos viviendo con las continuas pandemias, la estupidez de llamar educación a la escolarización y las impropias, impertinentes y absurdas formas de imponer programas ocurrentes, políticas improvisadas y “tradiciones” obsoletas y cuasi religiosas (en el sentido semántico del término) en poco ayuda a salvar la brecha entre la edad adulta y las nuevas generaciones, pues al final de cuentas válgase aplicar el principio lógico de que “la causa de la causa es causa de lo causado” como simple Filosofía de la Vida.