The Independent/LA JORNADA

Kim Sengupta 

Kabul. La mujer miró a su alrededor, con un grito de angustia y temor, buscando rostros familiares mientras se abría paso a tropezones entre la multitud. Intentaba hablar, pero no le salían las palabras: cayó al suelo, alzando la mano en ademán suplicante.

Las esperanzas que esta madre de tres niños tenía de escapar de un futuro sombrío en Afganistán y empezar una nueva vida en el extranjero con su familia terminaron en un camino polvoso, lleno de escombros y enfrente de extraños, la mayoría de los cuales estaban tan ocupados con sus propios problemas que ni siquiera notaron lo ocurrido.

Entre quienes sí se dieron cuenta estaban los soldados británicos del regimiento de paracaidistas, que corrieron para darle primeros auxilios. La pusieron en una camilla y colocaron una pantalla para protegerla del sol, pero era demasiado tarde: pronto subieron la sábana sobre su rostro para que sirviera de mortaja.

“¡Mi esposa, mi esposa! ¿Qué le pasó?”, gritó un hombre que se acercó corriendo, rasgándose las mangas de su salwar-kameez color café en su angustia. Los soldados lo hicieron retroceder y sentarse; dos de ellos se hincaron y lo abrazaron.

“¿Por qué murió?, ¿por qué no la llevaron al hospital? ¿Por qué nos pasa esto?”, preguntaba entre lágrimas. “Lo sentimos, hicimos lo que pudimos, de verdad”, aseveró uno de los soldados. “Se me parte el corazón por usted, amigo”, expresó el otro.

Caóticas escenas en el aeropuerto de Kabul

Fue un deceso más en el caos fuera del aeropuerto de Kabul, donde miles de personas tratan de abordar los vuelos de evacuación organizados por Estados Unidos, Gran Bretaña y otros gobiernos extranjeros para quienes creen estar en peligro ante el Talibán.

Desconocida cifra de caídos

La cuenta oficial de muertes es de 12, pero la cifra real es casi de seguro mucho mayor. Cuatro personas perecieron fuera de la base británica adyacente al aeropuerto en el curso de dos horas, en un camino caluroso, sin aire y atiborrado de gente desesperada y atemorizada.

Quienes han llegado allí no sólo intentaban obtener un pasaje a Gran Bretaña, sino a Estados Unidos y otros países, pasando varios retenes en el camino. Y se dio un incremento en números de por sí enormes después de que políticos en Washington y Londres advirtieron que el proceso de evacuación podría terminar en unos días.

Una familia llegó sujetando por los brazos a un señor de edad. “Es nuestro tío; tiene un tobillo fracturado, lo vamos a llevar al hospital y vendremos mañana”, explicó Usman Khan Mohammed, de 22 años. “Pero oímos que Gran Bretaña va a detener los vuelos, así que vinimos lo más rápido posible. Nos llevó seis horas llegar; tuvimos que traerlo cargando la mayor parte del trayecto”.

Al crecer la multitud, otra mujer se desvaneció y murió, seguida por una tercera, más joven, que tal vez era hija de la primera víctima. El desconsolado padre y marido se desmayó cuando supo lo que había sucedido. Luego ocurrió un cuarto fallecimiento, de otra mujer, también rebasada por la aglomeración y el calor.

Los cuerpos, cubiertos, fueron colocados al otro lado del camino para que sus familiares los recogieran. Una niña hazara, de unos ocho años, levantó una de las mortajas y se desmayó: era su madre. La pequeña, a quien le faltaba una mano a causa de la explosión de un artefacto improvisado, me había pedido que la ayudara a encontrar a su mamá. “Tengo miedo, no tengo a nadie”, me dijo. Buscamos, pero no la hallamos.

Mientras un médico atendía a la menor, un militar se acercó a decirnos: “Nosotros la cuidaremos, no se preocupe. ¿Sabe? Llevo 12 años en el ejército y lo que ocurre aquí es lo peor que he experimentado”. Un soldado más joven señaló simplemente: “Nunca había visto un cadáver; cuando entré al ejército sabía que vería morir personas, pero no esto. Esto no lo esperaba”.

Mientras hablaban oímos gritos de “¡abajo, abajo!” Era una alerta de seguridad; habían visto a un hombre con un aparato sospechoso. “Trae puesto un dish-dash, una gorra roja y una bolsa azul”, fue el aviso difundido por los soldados. Llevaron equipo especializado de emergencia en caso de que se tratara de una bomba lista para ser detonada en forma electrónica.

Isis y Al Qaeda, otras amenazas

El incidente quedó atrás después de una búsqueda, pero fue un recordatorio de que el Talibán no es el único grupo islamita en el espacio creado por el colapso del gobierno afgano: Isis y Al Qaeda también están muy presentes en el país. La barrera de alambre de púas y vehículos que se había colocado en el hotel Baron, base de los británicos, parecía formidable, pero fue desmantelada por la multitud en 24 horas.

Se ha colocado una nueva barricada hecha con contenedores, pero el número de personas que llegan es impredecible, dependiendo de a cuántas se les permite el paso en el retén talibán. Al parecer los islamitas abren o cierran la llave dependiendo de cuánta presión quieran poner sobre los soldados británicos.

Abdul Fattar, quien dijo que trabajó para los estadunidenses y para el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), afirmó que le aseguraron que contaría con documentación adecuada para abordar un vuelo, pero lo devolvieron en el retén. “Quiero contactar al CICR, pero no puedo pasar”, dijo.

Samira llegó a la puerta y esperaba ser evacuada por los estadunidenses. La estudiante, de 22 años, ha sido crítica de los clérigos e islamitas conservadores y recibido amenazas en las redes sociales.

“Se puso mucho peor desde que el Talibán se apoderó del país. Y luego los talibanes comenzaron a visitar nuestro vecindario y anotar nombres de personas. Mis padres me dijeron que debo irme por mi seguridad”, comentó.

“Sabía que tenía que irme; pueden arrestarme o, como soy soltera, hasta casarme con alguien. Me costó mucho trabajo pasar el retén talibán; un primo me acompañaba, pero aun así fue espantoso. No sé qué haré si me rechazan, no puedo vivir con un régimen talibán. Sería imposible, prefiero estar muerta”.

Mientras hablaba, la mirada de Samira cayó sobre los cadáveres cubiertos al otro lado del camino. “No quise decir eso, no quiero morir”, dijo. “Esas pobres personas y sus familias. Me pregunto si la gente en el mundo exterior se da cuenta de lo que ocurre aquí”.