El Monte Vesubio es atractivo desde muchos puntos de vista a cualquier hora del día; pero es hermoso especialmente al atardecer. Quienes decidieron vivir allí desde siempre, aceptaron lo bello y lo peligroso del lugar: convivir a diario con una bomba de tiempo; con un gigante dormido que puede despertar en el momento menos esperado. Ubicado a casi 1300 metros sobre la bahía de Nápoles, en el sur de Italia. Millones de personas viven en su base en estos días del siglo XXI.

Quizá los romanos no sabían que era un volcán activo; por lo menos, no tenían constancia de su actividad volcánica; porque, había tenido actividad entre 200 y 250 años antes de su época de apogeo. Para las casi 12 mil personas del siglo I que vivían cerca del cráter, el Vesubio era un benefactor por la tierra fértil que lo rodeaba, el clima benigno, los excelentes paisajes que, apoyaban la economía pompeyana que se basaba en la comercialización de vino y aceite de oliva. La erupción del año 79 fue precedida por un potente terremoto en el año 62, que ocasionó una destrucción general alrededor de la bahía de Nápoles, y en particular de Pompeya. Otro minúsculo terremoto tuvo lugar en el 64; que fue recordado por Suetonio en la biografía de Nerón, en la Vida de los doce Césares; y por Tácito, en el Libro XV de Anales.

Pompeya tenía centros comerciales, residencias lujosas y el anfiteatro más antiguo de toda Roma. Sus restos son hoy día, un desgarrador testamento de la fuerza destructiva del volcán. Figuras de mujeres, hombres, niños y ancianos; dan testimonio fiel de los acontecimientos de la mañana del 24 de agosto de ese funesto año.

Antes, esporádicos temblores cimbraron la ciudad y las llanuras de la campiña, los pozos de agua se secaron e incluso los ríos. A las 13:00 horas de aquel día, el Monte Vesubio rugió con tremenda fuerza. Una columna de erupción se elevó 17 km sobre el volcán. Nadie pudo prever su fuerza destructiva; mucho menos, los alcances de la erupción. Plinio el joven, da testimonio de los fatales hechos. Al entrar en erupción el volcán, Plinio el Viejo abandonó sus labores cotidianas en la marina para auxiliar a los pompeyanos. 

El flujo piroclástico sumó a Pompeya en la oscuridad y el pánico. Las primeras víctimas de la erupción muy probablemente hayan muerto por el impacto de las grandes rocas expulsadas del cráter y por el colapso de las casas en donde se refugiaron. Para las primeras horas del 25 de agosto, la corriente piroclástica alcanzó Pompeya; aumentando con esto el número de muertos por la erupción. El 26 de agosto volvió a salir el sol y del Vesubio solamente emanaba una columna de humo, pero Pompeya estaba completamente ennegrecida y destruida. 

El sitio se perdió de la memoria de los retazos de historia oral durante más de 1500 años, hasta que empezaron las primeras excavaciones arqueológicas en el lugar en 1748. Después de aquellos terribles sucesos, hoy se pueden contar casi 20 mil muertos por la tremenda explosión del monte en Pompeya y parte de Herculano; entre ellos, el gran almirante e historiador romano Plinio el Viejo. En su segunda carta a Tácito, su sobrino Plinio el joven, insinúa que fue debido a la inhalación de venenos, sulfurosos o gases.

Los seres humanos somos impredecibles; quienes hoy viven cerca del Vesubio, se asemejan a aquellos que viven en zonas de incidencia de huracanes, lechos de antiguos ríos, regiones pantanosas; más por necesidad que por otra cosa.

Vivir junto al peligro, es parte de un debate eterno entre quienes a veces tienen lo que quieren; y, los que poseen lo que pueden. Entre aquellos que conviven con el peligro por necesidad y quienes lo hacen por simple gusto.

Tuíter: @santiagooctavio