El 29 de agosto conmemoramos el Martirio de San Juan Bautista, el precursor de Nuestro Señor Jesucristo; era su primo, hijo de Zacarías (Sacerdote del Templo) y de Santa Isabel (prima a la que acudió a ayudar María Santísima, luego de la Anunciación-Encarnación); era hijo, pues, de aquella pareja a la cual Dios le concedió la bendición de ser padres, a pesar de su avanzada edad, y padres del Profeta más grande de todos: San Juan Bautista, quien es la figura de preparación, su papel de precursor es muy preciso; él, tomando las palabras del profeta Isaías (40, 3), se designaba a sí mismo como la voz que clama en el desierto: “Allanad (preparar, enderezar) el camino del Señor”, pedía. 

    San Lucas resume en una frase toda la actividad de Juan: “Anunciaba al pueblo la Buena Noticia” (Lc 3, 18), es decir, anunciaba al Salvador. El Evangelista también nos cuenta con detalle el solemne anuncio del nacimiento de Juan (Lc 1, 5-25), anuncio que se realizó en el marco litúrgico del templo. Y es que se trataba definitiva de un niño elegido, consagrado, el Espíritu Santo habitaba en él desde que estaba en el seno de su madre; su nacimiento no pasó desapercibido, fue un momento de gozo general (Lc 1, 14). Su circuncisión, hecho característico, muestra también la elección divina: nadie en su parentela lleva el nombre de Juan (que significa “Yahvé es favorable”, Lc 1, 61-), pero el Señor quiso que se le llamara así, cambiándose las costumbres. 

    Su vida fue radical, no tomaba vino ni bebidas embriagantes, se alimentaba de langostas y miel silvestre, vestía un manto hecho de pelo de camello (Mc 1, 6). Y es que su función era ser el precursor del Mesías, allanarle el camino, presentarlo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, incluso bautizó a nuestro Salvador en el Jordán, de ahí que sea conocido como Juan el Bautista; predicaba y daba un bautismo de agua, es decir un bautismo de arrepentimiento, de conversión (Lc 3, 3-22).

    Solamente de Jesucristo, de María Santísima y de San Juan Bautista celebramos en la Iglesia el nacimiento; a los santos les celebramos el día de su muerte terrena, que es cuando han pasado de esta vida a la Vida Eterna. El martirio de San Juan Bautista, es una conmemoración antigua, en Francia se celebra desde el siglo V, un siglo después comenzó en Roma, relacionándose con la dedicación de la Iglesia construida en Sebaste en la Samaria, en donde se cree que fue encontrada por segunda ocasión su cabeza; por eso esta fiesta aparece ya en los Sacramentarios y el Martirologio Romanos.

    Y es que hay que recordar que murió decapitado por Herodes, a petición de su hijastra Salomé, hija de Herodías, esta última primero estuvo casada con Filipo que era hermano de Herodes, y tanto este como otros pecado de la pareja eran los que San Juan, como buen profeta, denunciaba ante Herodes, quien en realidad le tenía aprecio, pero a petición de su mujer primero lo mandó a prisión y luego ordenó su decapitación, cuando Salomé había danzado a Herodes en su cumpleaños y éste quedó cautivado y le dijo que le pidiera lo que quisiera, porque se lo concedería; Salomé, azuzada por su madre Herodías, pidió que le diera la cabeza de San Juan Bautista en una bandeja; así, fue coronado con la guirnalda del martirio San Juan Bautista (Mc 6, 17-29), de quien Jesús dijo: “En verdad les digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista (Mt 11, 11 y Lc 7, 28). El Papa Francisco nos pide que “la radicalidad evangélica del Precursor de Cristo nos empuje a tomar elecciones valientes para el bien”. ¡Que así sea!

LUBIA ESPERANZA AMADOR. 

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