Ni  el sueco Carl Scheele ni el británico Joseph Priestley; cuando descubrieron el oxígeno, cada uno por cuenta propia pensó haber hallado algo importante. Tal vez Scheele fue el primero en descubrirlo dos años antes que el inglés; sin embargo, no tenía la fama de Priestley; a quien, finalmente se le atribuye el logro. Ninguno de los dos le confirió al nuevo elemento, la importancia que sí le dio Antoine-Laurent Lavoisier.

Lavoisier, se convirtió en abogado en 1764, para darle gusto a su padre. Impulsado  por una voluntad científica enorme, Antoine, tenía muy clara la orientación de  su vida profesional a la investigación científica. Sus principales logros: la Ley de conservación de la materia;  el Tratado Elemental de Química; la nomenclatura química; la combustión y la respiración;  la contribución al sistema métrico; etc.

El científico, era recaudador de impuestos de la Ferme Générale, una organización semifeudal, que por concesión real, se encargaba de gestionar el cobro de los impuestos en Francia. La desgracia llevó a Antoine-Laurent Lavoisier, el padre o el partero de la química moderna a morir guillotinado en la Place de la Concorde en París. Vivió en un siglo XVIII de la ilustración; pero también, el del terror francés. Era un hombre acaudalado que, junto con su esposa, tenía uno de los mejores laboratorios de Europa. 

Al estallido de la revolución francesa en 1789, los recaudadores y los aristócratas fueron considerados enemigos del pueblo. Antoine, tuvo la mala fortuna de ser ambas cosas al mismo tiempo. En su descargo, habría que decir que desde su posición como recaudador había intentado lograr una reforma importante al sistema tributario francés. En septiembre de 1793, todos los concesionarios de la Ferme Générale fueron detenidos y condenados a muerte.

Sus luces como admirado hombre de ciencia, nada le valieron cuando fue denunciado por el revolucionario Jean-Paul Marat; cuyas  aspiraciones por ingresar en la Academia de Ciencias Francesas, fueron quizá el detonante de una historia de resentimientos que acabó con la vida del insigne químico. Lavoisier, uno de los miembros más ilustres  de la citada academia desde 1768, fue un férreo opositor a aquella petición por lo absurdo de los textos de Marat; un personaje muy querido por los sectores más vulnerables de la sociedad y detestado por aristócratas y burgueses. Marat nunca olvidó aquella afrenta cuando acusó a Lavoisier algunos meses después de implicarse en conspiraciones incomprensibles contra el gobierno.

A cuatro años  de iniciada la revuelta, declarado traidor al pueblo, Lavoisier fue condenado a muerte; sentencia que se cumplió alrededor de las cinco de la tarde de un jueves  8 de mayo de 1794. A su muerte, su amigo el matemático Joseph-Louis Lagrange dijo: “Les bastó solo un instante cortar su cabeza, no bastará un siglo para que surja otra igual”. 

El padre de  Marie-Anne Páulze,  su esposa,  fue ejecutado el mismo día que su marido Antoine. Ella misma pasó un tiempo en prisión y todos sus bienes fueron confiscados quedándose en la miseria. Tras la muerte de Lavoisier, la conocida hasta hoy como la madre de la química moderna siguió trabajando para recopilar los resultados de sus investigaciones. Al no encontrar un editor interesado, los publicó ella misma en 1803.

Desde un punto de vista muy particular, quizá los desmanes de sus líderes,  cegaron el progreso de los logros de aquella ansiada revolución francesa. La anhelada  igualdad se tiñó de muerte. El impulso y la defensa de la ciencia como transporte  seguro para superar dogmas pasados, perdió  sentido tras la ejecución en la guillotina  de Antoine-Laurent Lavoisier, que junto con Marie-Anne Paulze,  encaminaron la evolución de la vieja alquimia para convertirla en la química moderna; en una  parte sin duda difícil de la historia de la Francia revolucionaria y de toda la Europa del siglo XVIII.

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