En memoria del Aniversario luctuoso de mi suegro Poeta laureado Enrique Mijangos Soriano.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación es la institución del Estado mexicano encargada de leer e interpretar la Constitución. Es su función: la Suprema Corte de Justicia de la Nación es el Máximo Tribunal Constitucional del país, en virtud de lo cual tiene como responsabilidad fundamental la defensa del orden establecido por la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, además de solucionar, de manera definitiva, otros asuntos jurisdiccionales de gran importancia para la sociedad. Así lo dice en sus propios documentos. Una democracia exige votar y decidir, pero también respetar el estado de derecho y la resolución de los tribunales. Esta semana, la Corte declaró inconstitucionales –por unanimidad– los códigos penales estatales (en este caso el de Coahuila) que criminalizan a las mujeres por interrumpir voluntariamente un embarazo. En el mismo sentido, los ministros y ministras declararon inconstitucional que los marcos normativos subnacionales “defiendan” la vida desde la concepción. Es decir, la Corte desmanteló toda esa apuesta que hicieron muchos congresos estatales por endurecer los códigos penales para castigar severamente a las mujeres que decidieran sobre su cuerpo.

 Yo puedo entender que haya gente que considere que la vida comienza con el soplo divino de la concepción. Puedo entender, o intento, también, que haya quien crea que considerar lo contrario es atentar contra principios religiosos fundamentales. Puedo entender, inclusive, que haya quien crea que interrumpir un embarazo es casi como asesinar. Ahora, eso está en el plano de un debate ideológico que tendremos mientras el mundo gire. Ni siquiera en países que llevan décadas aboliendo prohibiciones, las polémicas desaparecen. Sin embargo, la controversia no puede eliminar un hecho indiscutible en un estado aconfesional y laico: la ley es la moralidad de la república. 

Tomando prestada la frase del expresidente de la Republique, François Mitterrand. Un conservador, contrario al aborto, puede expresar sus ideas e incluso discrepar, pero no puede desconocer la ley y tampoco las decisiones de los tribunales. Lo que la Corte sentenció esta semana es que dentro de nuestro marco constitucional no cabe la idea de meter a la cárcel a mujeres por interrumpir un embarazo y que tampoco caben doctrinas religiosas que consideran que la vida comienza en la concepción. Es decir, lo que la Corte hace es ampliar el derecho a la decisión de las mujeres en México. Es una sentencia profundamente liberal y democrática. ¿Por qué? Por una sencilla razón: defiende el derecho de todas. De aquellas que quieren ser madres y así lo han decidido, y también de aquellas que no. La Constitución no toma partida moral, sino que defiende la pluralidad de formas de pensar y actuar. A nadie se le obliga a nada. Simplemente nuestra Constitución protege la libertad de decisión y elección. 

Sin embargo, una parte de nuestra derecha retrógrada –y también amplios segmentos de la llamada izquierda en otros temas ni siquiera en países que llevan décadas aboliendo prohibiciones, las polémicas desaparecen– no entiende ni de leyes ni de tribunales cuando estos fallan en contra de lo que ellos piensan. Digamos que son demócratas de ocasión. Según el día. Creen que las principales instituciones del país deben estar ahí para defender sus ideas. Y es paradójico porque critican la ambigüedad –que está fuera de todo debate– del Presidente de la República cuando hablamos de legalidad y estado de derecho. Critican a AMLO y creen que su insumisión frente al marco normativo nos va a llevar a la Venezuela de Nicolás Maduro a la Nicaragua de Daniel Ortega. Sin embargo, esta derecha reacciona de la misma manera, negando y contraviniendo las resoluciones jurídicas que no comparten. Las y los legisladores electos que están en contra del aborto tienen todo el derecho a creer en lo que se les plazca. Incluso, sé que muchos fueron electos en distritos que son mayoritariamente conservadores y que saben que sus electores están en contra de legislar para permitir el aborto legal. 

No obstante, ¿permitirán los congresos de los estados y la Cámara de Diputados que el entramado jurídico en nuestro país siga contraviniendo los principios de la Constitución? ¿Cómo reaccionarían si la Corte hubiera declarado inconstitucional alguna ocurrencia de MALO avalada por su mayoría legislativa? Seguramente pondrían el grito en el cielo. Mientras los diputados, piensen como piensen, no cambien las leyes para no criminalizar el aborto están abiertamente violando la Constitución. No se vale ser leal al estado de derecho sólo cuando conviene. Recuerdo que Angela Merkel, un símbolo del pensamiento de centroderecha en el mundo, a pesar de estar en contra del matrimonio de personas del mismo sexo (aunque a favor de la adopción), permitió que una mayoría de diputados de su partido votaran a favor y la ley fuera una realidad. La mayoría de sus legisladores consideraban que era discriminación que una institución como el matrimonio estuviera reservada sólo para heterosexuales. 

Ojalá algún día nuestros conservadores salgan de sus cuevas y comiencen a entender cómo funciona la democracia. Nadie les está pidiendo que piensen diferentes. Nadie les está pidiendo que eduquen diferente a sus hijos. Tampoco estamos frente a una revolución masónica o un ataque de Bolcheviques que buscan la promoción del aborto en todo el mundo. Estamos en algo más simple: la no utilización del Estado para imponer credos o ideologías. Entiendo que usted conspicuo lectora (or) piense diferente a mí criterio sobre la mujer en la decisión respetable de su cuerpo.

Jugadas de la Vida.

“La vida es un desmadre, tonto aquél que la agarra en serio”, decía mi suegro, quien me indujo a escribir, periodista, abogado, hombre que produjo joyas desde su estructura poética trazadas con sumo cuidado y rigor, leyendo, escribiendo siempre hasta en su ocaso.

Twitter: @ldojuanmanuel