En un texto lúcido y valiente, Leonardo Padura, uno de los escritores cubanos más reconocidos de la literatura contemporánea, reflexionó sobre la situación de su país, habló del perverso embargo estadunidense pero también de la pérdida de esperanza de muchos de sus compatriotas: “Si se pierde la esperanza se pierde el sentido de cualquier proyecto social humanista —escribió—. Y la esperanza no se recupera con la fuerza. Se le rescata y alimenta con esas soluciones y los cambios y los diálogos sociales, que, por no llegar, han causado, entre otros muchos efectos devastadores, las ansias migratorias de tantos cubanos” y las protestas callejeras, seguramente engrosadas con algunos mercenarios y oportunistas, pero sobre todo pobladas de gente cansada de vivir en un régimen represivo. Los medios de comunicación, controlados por el Estado, desacreditaron a los manifestantes, acusándolos de robo y violencia, justificando las detenciones de cientos de ellos”.

Miguel Díaz-Canel Bermúdez, primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República de Cuba; así se presenta el invitado de López Obrador. Primero pone al partido (eso está claro), comunista (es su aspiración), presidente (por dedazo) pero no lo es de una república: en Cuba no hay representantes del pueblo, sino de los Castro y su gavilla. Tampoco hay separación de poderes, “tons” no es república. Y López, además de traerlo a opacar las fechas más importantes del patrioterismo mexicano, abogó por el régimen cubano al cual aspira emular y lo defiende lanzándole su bilis a Estados Unidos (¡y eso que él respeta la soberanía de otros pueblos, como con Venezuela! ¿verdad?). ¿Qué respuestas reales habrá que esperar de nuestro principal socio comercial ante las bravuconadas de López? ¿Una invasión? Naaa, ya están pasadas de moda. ¿Un embargo comercial? Menos, nos necesitamos mutuamente. ¿Una “ley del hielo”? Es más probable.

Porque el T-Mec le da a Estados Unidos elementos para revirar con medidas comerciales los incumplimientos de la gestión lopista en diversos sectores vitales para México; la pandemia le da razones sanitarias para mantener a medio gas el flujo transfronterizo legal y la narcoviolencia le da evidencia para equiparar a López con un régimen permisivo al terrorismo. La burrada de traer al primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba no es porque López Obrador sea progresista, socialista, izquierdoso, comunista y mucho menos humanista, solidario o empático con Cuba. No, nada de eso, sino porque le sigue siendo fiel a Trump y a su proyecto político por los favores recibidos para llegar a donde está López ahora y seguirá intentando torpedear a la Administración de Biden con asonadas bolivarianas, permisibilidad migratoria y cero oposición a los barones de los cárteles. ¿Se acuerda conspicuo lector de la película de Hachi, “Siempre a tu Lado”, la del hermoso can que le sigue fiel a su amo fallecido (Richard Gere)? No sé por qué me recordé del filme donde el protagonista es un cuadrúpedo que se aferra a su amo muerto, aunque el cuadrúpedo nunca intentó boicotear al pueblo para desquitarse. Pobre perro.

El caso que Miguel Díaz-Canel, dictador de Cuba, fue recibido con honores en México. Presenció el desfile por la Independencia desde el palco de los privilegios. Atestiguó, en primera persona, la defensa que hizo Andrés Manuel López Obrador de la Revolución Cubana. Tampoco se perdió la condena al bloqueo económico de Estados Unidos a la isla. Ni José Martí hubiera escrito un mejor guion (que le redactó Paco Taibo II). Frente a una realidad de aislamiento de Cuba, López Obrador le dio tribuna, legitimidad y oxígeno al dictador. La política exterior es, siempre, una combinación de principios e intereses. Un país utiliza la diplomacia para impulsar sus objetivos económicos y políticos, pero no puede desconocer por completo los cimientos morales de su forma de entender el mundo. Es un equilibrio complejo. Es defender la democracia y la libertad, pero a la vez comerciar y proteger los intereses estratégicos. Es defender los derechos humanos, pero al mismo tiempo aprovechar las oportunidades que brinda la economía global. La política exterior no puede ser pragmatismo desencarnado, pero tampoco un idealismo desprovisto de realidad y entendimiento del poder. Por ello, cuando hablamos de política exterior no podemos ser excesivamente puristas. No todo es paz y amor. Un país, en particular uno como México que no es una potencia global pero tampoco una nación irrelevante, debe calibrar sus pasos. Tejer alianzas y defender los objetivos nacionales en el exterior. El presidente es renuente a entender la política exterior como una dimensión fundamental de un proyecto nacional. No se cansa en decir: la mejor política externa es la política interna. No obstante, a pesar de sus reticencias, López Obrador no esconde sus filias y sus fobias. Dice que no meta su cuchara en asuntos de otros países –la tan mentada Doctrina Estrada– hasta que Cuba aparece en escena. MALO tiene una debilidad por la Revolución de Cuba lamentablemente.

La persecución en Cuba a los homosexuales es una página tristísima de la historia de La Habana. López Obrador y una parte de nuestra pseudoizquierda han decidido tolerarle a Cuba lo que no le toleraban a Augusto Pinochet o lo que les escandaliza de Vox. Aquí es donde el discurso del presidente roza la más extrema incongruencia. En los ojos del tabasqueño, los anhelos de libertad del pueblo cubano son fruto de una maniobra del imperio yanqui. No se pone a leer a activistas de redes sociales cubanos que relatan cómo el Gobierno llega hasta sus casas para impedirles la comunicación con el mundo. O como el Gobierno espía cada rincón para evitar una primavera cubana que suponga un renacer democrático. Empero, el gobierno Lopista le tendió la alfombra roja al déspota cubano.

Jugadas de la Vida

En Bangladesh, los niños de 15 años pueden ser encarcelados por hacer trampa en sus exámenes finales.

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