EL PAÍS

JORGE ZEPEDA PATTERSON

Que el presidente Andrés Manuel López Obrador encuentre un nuevo rival cada semana no es ninguna novedad. Entiende su mandato como una quijotesca y valiente cruzada a contracorriente de todos los molinos de viento reales y presuntos que se oponen al noble e irrenunciable propósito de mejorar la vida de los pobres. Pero que en la lista de esos molinos adversos se encuentre la UNAM, constituye una verdadera sorpresa. La principal universidad pública de México, y una de las mayores del mundo, es la propia casa de estudios del presidente y tradicionalmente ha sido considerada un bastión del pensamiento progresista. Un semillero en la formación de cuadros para el Estado mexicano, a diferencia de las universidades particulares, fuente de reclutamiento de las actividades del sector empresarial.

Y sin embargo, AMLO lleva varios días lamentándose del giro conservador que ha dado su Alma Mater, infiltrada por corrientes “neoliberales”, ajenas al compromiso social que antes le caracterizaba. La polvareda que sus palabras ha provocado tardará en disiparse. Ahora mismo ya es enorme la cantidad de testimonios y opiniones que se han vertido para rechazar tales acusaciones (la mayoría), o para apuntalar los argumentos del presidente (apoyos surgidos desde el obradorismo).

Desde luego es pertinente indagar en qué medida es razonable o, por el contrario, injusta la apreciación de AMLO sobre la UNAM. Pero a mí me intriga algo mucho más elemental, aunque de obvias implicaciones políticas: ¿por qué lo hace?

Ciertamente no se trata de una frase desafortunada o un desliz inesperado, como las que han surgido en otras ocasiones. Algo inevitable cuando se improvisa durante dos horas todos los días de la semana. No, en este caso se trata de un verdadero posicionamiento de López Obrador, en ocasiones a pregunta expresa, pero en otras sin venir al caso. ¿Por qué emprenderla en contra de un sector que, si bien no es un aliado político explícito, constituye una comunidad emparentada social e intelectualmente con los ambientes urbanos donde se nutre el obradorismo?

Se me dirá que si el presidente percibe que la UNAM se está deslizando hacia el conservadurismo está en todo su derecho de hacer un reclamo público. Más aún, que habría razones morales para hacerlo. Pero no es así como López Obrador construye su lista de molinos a desafiar. Tendría más razones morales para poner en la palestra a las televisoras, a gobernadores priistas, a líderes sindicales impresentables, a empresarios de su consejo que siguen operando desde el privilegio y el monopolio. Actores políticos, todos ellos, que por alguna razón escapan al dedo flamígero que hoy apunta a Ciudad Universitaria. Y no obstante, “los pecados” en los que la UNAM podría estar incurriendo serían peccata minuta frente a los abusos y violaciones que aquellos cometen en contra de las causas populares.

Las razones por las cuales AMLO ha dirigido sus misiles contra la universidad habría que encontrarlas en otro lado. Y estas están más cerca de la irritación que del cálculo político o de un parámetro ético. El presunto conservadurismo no es la razón que provoca la molestia presidencial, me parece, sino el argumento ex post con el que trata de revestir su molestia personal frente a la comunidad universitaria.

López Obrador está irritado con la UNAM porque siente que no ha sido el aliado que esperaba en su intento de introducir un cambio de régimen. La universidad de la que él surgió no ha entendido el momento histórico que vive el país, lo mucho que se está jugando, lo solitario que él se encuentra pese al apoyo anónimo de millones de mexicanos.

Tras las elecciones de este verano, cuando Morena perdió inesperadamente el control de las alcaldías de la mitad de la Ciudad de México, López Obrador cuestionó acremente al aburguesamiento de las clases medias. Cuando afirmó que los grados universitarios no solo no aseguraban una mayor conciencia social sino incluso la debilitaban, se estaba refiriendo ya a la comunidad unamita, ahora entendemos. Tampoco ayudaron las reticencias de la UNAM para regresar a clases (aún no lo hacen del todo) en momentos en que el Gobierno de la 4T, y el propio presidente, pedían al sistema educativo volver a la normalidad. Y probablemente la puntilla haya sido el categórico posicionamiento de la comunidad universitaria, empezando por el Rector, en apoyo de los académicos y científicos cuestionados por Conacyt y la Fiscalía General, por un presunto manejo indebido de fondos. Una denuncia que el presidente mismo había respaldado públicamente, por lo cual debió sentir como un rechazo personal la reacción de las autoridades universitarias en sentido contrario.

En la polémica que está en curso se podrá echar mano de muchos argumentos para defender el carácter progresista de la UNAM o, dicho de otra manera, para negar que la universidad esté afiliada a una cruzada conservadora. Pero en la particular cosmogonía de López Obrador son argumentos sin sentido. El presidente divide a los actores sociales en dos mitades: los que están a favor de su proyecto político, es decir a favor de los pobres, y los que no apoyan a la 4T, es decir que no están a favor de los pobres y, por ende, son aliados de los conservadores y corruptos. Bajo esta lógica el desencuentro con la UNAM seguirá vigente hasta que el mandatario no vea señales de un apoyo puntual a la tarea mesiánica que él se ha echado a cuestas: cambiar a México. Mientras tanto, seguirá pensando que el bastión de la reserva intelectual de este país no estuvo a la altura de las circunstancias en el momento en que el futuro de la nación está en juego. Ese es, me parece, el verdadero motivo de su irritación con la UNAM, tenga o no razón.

@jorgezepedap