BABELIA

Dickens escogió a John Leech, un caricaturista que trabajaba para la prensa popular, para ilustrar cuatro pasajes de su ‘Cuento de Navidad’, protagonizado por Ebenezer Scrooge.

GUILLERMO ALTARES

24 DIC 2021 – Karl Marx explicó en una ocasión a Friedrich Engels que Charles Dickens “había proclamado más verdades de calado social y político que todos los discursos de los profesionales de la política, agitadores y moralistas juntos”. Así lo cuenta Peter Ackroyd en Dickens. El observador solitario (Edhasa, traducción de Gregorio Cantera), su contundente biografía del gran novelista inglés. Sus novelas retrataron de manera feroz y realista la pobreza y las desigualdades de la Inglaterra del siglo XIX. Títulos como Oliver Twist o David Copperfield abrieron los ojos a los ciudadanos sobre la miseria que tenían delante, pero que preferían no ver, y que el propio Dickens padeció cuando, en 1824, tuvo que trabajar en una fábrica de betún a los 12 años.

Vida y genio de Charles Dickens

Su literatura describe una sociedad despiadada en la que muchos niños estaban condenados desde su nacimiento a la pobreza. La denuncia de la injusticia es algo que impregna toda su obra, no importa que cuente una historia de amor con la Revolución francesa como telón de fondo (tras leer las descripciones que ofrece en Historia de dos ciudades de la forma en que los nobles trataban al pueblo en la Francia anterior a 1789 dan ganas de participar en primera línea en la toma de la Bastilla) o un relato navideño con fantasmas. Canción de Navidad es recordada sobre todo porque, desde su publicación en 1843, cambió la manera en que se celebran estas fiestas, pero su huella social va mucho más allá.

Una película titulada El hombre que inventó la Navidad (Bharat Nalluri, 2017) resume un sentimiento que comparten muchos historiadores: que el descomunal éxito que alcanzó su relato –en apenas unos días vendió 6.000 ejemplares, una barbaridad para la época– rompió para siempre con la tradición puritana que durante siglos había arrinconado la Navidad en el Reino Unido. No es del todo verdad –las navidades llevaban un cierto tiempo celebrándose–, pero tampoco es totalmente falso: muchas de las tradiciones que describe, como el banquete con pavo, se hicieron mucho más populares gracias a su libro. Peter Ackroyd lo plantea así: “Podemos decir que, precisamente en una época en que tanto la ostentación georgiana como la rigidez evangélica estaban en entredicho, Dickens resaltó la vertiente de afable cordialidad de estas fechas. Lo que hizo fue aderezar aquel día con sus aspiraciones, querencias y temores”.

En ‘Cuento de Navidad’, Dickens resaltó “la afable cordialidad de estas fechas” y las vinculó a “aspiraciones y temores”, según su biógrafo

La idea de la Navidad como un momento de generosidad se encuentra en el centro del cuento de Dickens, al igual que la posibilidad de redimirse cuando el protagonista, Ebenezer Scrooge, contempla su vida casi como si fuese un extraño en ella, algo que logra gracias a la visita de tres fantasmas. El espíritu de las navidades pasadas le muestra una infancia en la que aparecen ribetes de la del propio Dickens y en la que todavía no era un avaro solitario y huraño que odiaba a todo el mundo. El fantasma de las navidades presentes le enseña que el desprecio hacia la humanidad que siente no siempre es devuelto con la misma moneda. El fantasma que le permite atisbar su futuro le descubre una inmensa soledad, que acaba por ablandarle el corazón.

Al igual que otro gran cuento navideño, ¡Qué bello es vivir!, que acaba de cumplir 75 años, Dickens ofrece a su personaje una segunda oportunidad en la vida: no es que Scrooge y George Baily, el protagonista del filme de Frank Capra, se parezcan en nada. Scrooge es un avaro siniestro que saca los higadillos a aquellos a los que ha prestado dinero en una sociedad en la que una deuda sin pagar podía acabar con una pena de prisión (como le ocurrió al padre del autor), mientras que Baily es un individuo que se ha pasado la vida ayudando a los demás en los peores tiempos posibles. Sin embargo, los dos reciben una ayuda sobrenatural –fantasmas en un caso, un ángel sin alas en otro– para reparar un error vital.

Como siempre en Dickens, la fantasía esconde una denuncia social. Ackroyd cuenta que escribió el libro de manera compulsiva, en apenas seis semanas, durante las que padeció además un desagradable resfriado. Caminaba durante horas por Londres componiendo la trama, que en parte estaba inspirada por un personaje de Los papeles del Club Pickwick, que también tiene la oportunidad de ver su futuro gracias a unos duendes. Pero el elemento fundamental con el que compuso su cuento navideño fueron sus propios recuerdos de infancia, su trabajo en la fábrica de betún y el mundo laboral despiadado del principio de la Revolución Industrial.

Porque Canción de Navidad es sobre todo una denuncia del acoso laboral, de Scrooge hacia Bob Cratchit, su escribiente, obligado a trabajar pasando un frío de bigotes –le escatima hasta el carbón– y que tiene que reclamar sus derechos como si fuesen un favor –librar el día de Navidad–, siempre aterrorizado ante un jefe despótico, colérico e injusto. Una de las descripciones más emocionantes que hace Dickens en todo el libro es cuando, tras cerrar el despacho, Cratchit regresa a casa todavía atemorizado por los gruñidos de su patrón y a la vez alegre por la Navidad: “Con los largos extremos de la bufanda blanca colgándole por debajo de la cintura (pues no tenía abrigo) se dirigió a Cornhill y se deslizó veinte veces por una pendiente tras una hilera de muchachos para celebrar que era Nochebuena y después corrió a su casa en Camden Town, tan deprisa como pudo para jugar a la gallina ciega” (traducción de Nuria Salas Villar para la edición de Cuentos de Navidad de Penguin Clásicos).

Sin embargo, desde su primer viaje, cuando el fantasma de las Navidades pasadas le muestra un lugar donde trabajó como aprendiz, se da cuenta del poder que un buen patrón puede tener sobre sus empleados. Después de contemplar de nuevo una fiesta de Navidad de su pasado, Scrooge reflexiona: “Él tiene la facultad de hacer que nos sintamos felices o desgraciados, de que nuestro trabajo nos resulte llevadero o gravoso, placentero o arduo. Podría decirse que su poder reside en sus palabras y sus miradas, en cosas tan sutiles e insignificantes que resulta imposible contarlas y enumerarlas”. Tras contemplar aquella escena, el avaro prestamista se queda pensativo y, cuando el fantasma le pregunta si le pasa algo, responde: “Es solo que ahora me gustaría tener ocasión de decirle un par de cosas a mi escribiente”.

Lo primero que hace Scrooge al volver de su viaje astral es subirle el sueldo a Cratchit y darle todo el carbón que necesite para no trabajar congelado, además de ayudar a su familia –sobre todo a su hijo minusválido Tim, al que salva la vida–. Por encima de todo, le devuelve los derechos que le había arrebatado durante años de explotación. Canción de Navidad es un relato universal por muchos motivos: la redención, la posibilidad de cambiar de vida para mejor, la Navidad, su elogio de la tolerancia. Pero, sobre todo, porque narra como pocas veces en la literatura la importancia de la dignidad laboral. Y eso no son paparruchas.