Héctor Torres Maubert

Camina entre los escombros en una ciudad devastada por los constantes bombardeos rusos, siempre vestido con chamarra, camisola, pantalón y en ocasiones con chaleco militar. El presidente de Ucrania Volodymyr Zelensky se mantiene firme. Porque prueba la verdad del adagio de que un hombre con coraje hace la mayoría. Porque demuestra que el honor y el amor a la patria son virtudes que abandonamos por nuestra cuenta y riesgo. Porque capta el poder del ejemplo personal y de la presencia física . Porque él sabe cómo las palabras pueden inspirar acciones, darles forma y propósito, para que las acciones, a su vez, reivindiquen el significado de las palabras. Y por que sabe que su imagen vale por más de mil palabras.

Admiro a Zelensky porque nos recuerda cuán raros se han vuelto estos rasgos entre nuestros propios políticos. Zelensky fue un actor de televisión que contaba chistes en ruso y que usó su celebridad para convertirse en verdadero estadista. La política occidental está invadida por personas que actúan como estadistas para finalmente convertirse en celebridades. Zelensky se ha asegurado de decirles a los ucranianos la dura verdad de que es probable que la guerra empeore, y de regañar a los supuestos simpatizantes de que sus palabras son huecas y su apoyo es deficiente. Nuestros líderes se especializan principalmente en decirle a la gente lo que quiere escuchar, solo eso por que no hay más.

Zelensky sabe a quién y a qué se enfrenta. Vladimir Putin no representa ni una nación ni una causa, solo un individuo totalitario. El dictador ruso defiende la idea de que la verdad existe para servir al poder, no al revés, y que la política se dedica a fabricar propaganda para quienes se la traguen e imponer el terror a quienes no lo hagan. En última instancia, el objetivo de esta idea no es la mera adquisición de poder o territorio. Es la erradicación de la conciencia.

El líder ucraniano ha devuelto la idea del mundo libre al lugar que le corresponde. El mundo libre no es una expresión cultural, o un concepto de seguridad, o una descripción económica, como en “el mundo desarrollado”. El mundo libre pertenece a cualquier país que suscriba la noción de que el poder del estado “nación” existe ante todo para proteger los derechos del individuo. Y la responsabilidad del mundo libre es ayudar y defender a cualquiera de sus miembros amenazados por la invasión y la tiranía. Así como sucede con Ucrania.

Es un líder porque encarna grandes arquetipos judíos: David frente a Goliat. Es el perdedor astuto que, con habilidad e ingenio, compensa lo que le falta en temible y fuerza. Y es el profeta que se subleva contra la disminución y el encarcelamiento de su pueblo, y se determina a conducirlo a través de pruebas hacia una cultura política basada en la autodeterminación, la libertad y la ética.

Es un presidente que lucha. No se supone que luchar sea una virtud en las sociedades civilizadas que valoran el diálogo, la diplomacia y el compromiso. Pero el mundo no siempre es civilizado: hay cosas por las que las personas y las naciones civilizadas deben estar preparadas para luchar si no quieren perecer. Zelensky y el pueblo ucraniano han recordado al resto del mundo libre que una herencia liberal y democrática que sus ciudadanos dan por sentada corre el riesgo de ser arrebatada a voluntad por sus enemigos.

Zelensky mantiene un sentido de la proporción humana propio de un líder elegido democráticamente. Tenga en cuenta el contraste entre sus encuentros públicos con periodistas, miembros del gabinete, líderes extranjeros y ciudadanos comunes, y las payasadas estalinistas de la corte de Putin.

También porque modela lo que debe ser un hombre: impresionante sin ser imponente; confiado sin ser engreído; inteligente sin pretender ser infalible; sincero en lugar de cínico; valiente no porque no tenga miedo, sino porque avanza con la conciencia tranquila.

Es un demócrata porque tiene la esperanza de que nuestras propias democracias en problemas puedan elegir líderes que puedan inspirarnos, ennoblecernos e incluso salvarnos. Tal vez podamos hacerlo cuando la hora no sea tan tarde como lo es ahora para el pueblo de Ucrania y su líder indomable.

El presidente ucranio está demostrando que el conflicto se disputa también en el campo de la comunicación. Puede perder ahora, pero probablemente ganará lo que suceda después.

El presidente ucranio, Zelenski, exactor y hábil usuario de las redes sociales, está demostrando que hay otra guerra, la de la comunicación y las redes sociales. Es la primera guerra del quinto poder y que ganarla es decisiva para la suerte de Ucrania. Y para la suya. De momento, parece que el ucranio está ganando la batalla digital.

Su experiencia política anterior había sido la de un simple actor que ejercía de presidente malhablado en una comedia televisiva. Ese era su bagaje. Pero en la campaña electoral, su lucha contra la corrupción y sus ataques discursivos contra el grupo de poder ucranio, en un contexto de desafección política, lo llevaron al poder. Nada de lo realizado durante su legislatura había sido realmente destacable. Hasta que llegó la guerra.

Hace unos días, aparecía en televisión en un discurso en el que, sorprendentemente, por momentos no se dirigía a los 44 millones de ucranios, sino a los 144 millones de rusos. Les pedía, en un perfecto ruso, sentido común, y negaba una a una todas las informaciones que sus vecinos han ido recibiendo, a la vez que recordaba todo lo que les une. A su pueblo le decía que no iban a rendirse, y mostraba orgullo y patriotismo. Zelenski tiene y domina todos los registros, desde la seducción a la soflama y la arenga patriótica y militar. Y todos los formatos y soportes, desde el discurso en atril y televisado al más fresco y vital de sus vídeos en redes sociales. Sus palabras, cada vez más ácidas, mordientes y plagadas de reproches contra la cobardía y la inacción occidental contra la OTAN están haciendo mella en las opiniones públicas. Zelenski ya es un líder global y moral, un líder de convicciones serenas y desafiantes. Sus palabras son también la otra munición y las armas de Ucrania.

 No ha dejado de aparecer constantemente en medios y en redes sociales, mostrándose siempre en el territorio y evitando así rumores de retirada. También destaca su aparición sin chaleco antibalas o casco, denotando valentía y coraje. Toda su comunicación propagandística lo sitúa como un líder protector de su país en el peor momento, que no abandona, que sigue en cabeza del Gobierno y que sigue ayudando a su pueblo. Además, lo sitúa como elemento comunicativo claro ante el mundo. Él es ahora la bandera de Ucrania. Es quien aglutina a su pueblo, presentándose como héroe, sí, pero también como víctima. Jim Olson, una de las voces más respetadas sobre liderazgo, afirmaba en relación al comportamiento y personalidad del presidente ucranio: “Se ha dicho que una crisis no construye el carácter, lo revela”. Así es.

No es extraño ver un contenido suyo grabado desde su móvil, recorriendo las calles. Pero es interesante que lo hace todo su Gobierno, en un ejercicio comunicativo inédito; la guerra en directo, tal como la ven los altos cargos (algunos en barricadas). Es seguimiento constante. TikTok, minivídeos, tuits con imágenes, telegram… La guerra en directo, la guerra como flujo informativo, como material para los web masters, como narrativa a través de diferentes medios y plataformas de comunicación y crossmedia. Zelenski sabe que la cultura streaming (en directo, amateur, anónima, imperfecta y vital) tiene una gran capacidad de viralización y atención. Sus vídeos y contenidos constantes (algunos en directo en Facebook) ayudan a dar a conocer lo que sucede en su país desde su perspectiva. Mientras Putin está en su burbuja comunicativa, rígida y protocolizada al extremo, Zelenski está en contacto físico y emocional constante. El ruso parece distante y frío, el ucranio al contrario. El inglés Jeremy Cliffe, columnista de New Statesman y de The Economist, retrataba bien el momento excepcional: “Como mostró Winston Churchill, los políticos indiferentes en tiempos de paz pueden ser magníficos en tiempos de guerra”.

En vídeos y fotografías aparece con gente, vestido con ropa militar, pero siempre cercano. Su aspecto cansado, desaliñado y con barba de varios días aumenta la corriente de simpatía hacia su causa. Impactante es una imagen comiendo con un grupo de soldados alrededor de una mesa. Se muestra como un líder próximo, compasivo, que no está en los despachos, sino que recorre el territorio. Sufre con los que sufren. Lo mismo sucede con los negociadores en las dos reuniones que se han producido en Bielorrusia con sus contrapartes rusas. Mientras los ucranios se visten y se desenvuelven con el código visual y estético de Zelenski, los rusos parecen unos burócratas sin alma. Otra victoria de la percepción.

Uno de los referentes en comunicación como lo es CNN en el siglo pasado se presentaba como el medio de referencia. “Está pasando. Lo estás viendo”, decían, ¿recuerdan? Hoy, la guerra de comunicación global nos lleva a otra dimensión sensorial y perceptiva: está pasando; lo estás viviendo. Y Zelenski nos lo muestra. Puede perder la guerra, pero probablemente ganará lo que suceda después. Nadie contaba con el efecto Zelenski. Mucho menos Putin.