Cualquier reforma político-electoral debería tener un objetivo maestro: mejorar la democracia. Es decir, fortalecer el lazo entre los ciudadanos y sus representantes, garantizar equidad e imparcialidad. Todo esto al menor precio posible. No obstante, la reforma propuesta por el presidente no acomete estos objetivos. La única intención es cepillar representantes públicos y hacer más baratas las elecciones. ¿Por qué eliminar diputados ayuda a tener una mejor democracia? ¿Por qué quitarles todo el presupuesto a los partidos ayuda a tener mejores partidos? ¿Por qué la elección directa de consejeros electorales abona en la construcción de un árbitro confiable y creíble? No hay un diagnóstico, sino simple y llana politiquería. La propuesta de reforma electoral es demagogia pura. En México, un diputado representa a 256 mil electores. En Francia, cada asambleísta representa a 116 mil. En Alemania, el Bundestag tiene 736 representantes y cada uno tiene un segmento poblacional de 113 mil ciudadanos. 

Después, nos dijeron que desaparecerían a los “pluris” y vaya sorpresa: al contrario aumentan a trescientas, la propuesta plantea que todos los diputados sean electos por listas (cosa con la que no estoy en desacuerdo, pero sorprende la mentira flagrante). Dicen que con ello buscan quitar la fuerza a las burocracias partidistas. Bueno, estos no llegaron ni a la segunda lección de Ciencias Políticas. Con listas estatales, como las que propone el Presidente, el fortalecimiento de los partidos es brutal. A eso hay que añadirle que las listas se mantienen cerradas. Los partidos controlarían la reelección y el total de los escaños: más partidocracia. El golpe letal es al Instituto Nacional Electoral. Elegir a los consejeros a través del voto de los ciudadanos es poner al árbitro a jugar un concurso de popularidad. Todo esto con el argumento de las cuotas y cuotas en el Congreso. ¿Neta? ¿Quieren despartidizar al INE a través de elecciones? ¿Y cómo ganarían los consejeros? ¿No participaría la estructura de los partidos para apoyarlos? Las elecciones necesitan dinero y movilización, y eso lo tienen los partidos. Es pasar de un modelo de selección de consejeros que funciona, en donde hay cuotas de partido pero que pasan por filtros de competencia para el cargo, a un modelo entregado a los partidos y a sus estructuras. Y en específico al partido mayoritario: Morena. La reforma es también un monumento al centralismo. Pensamos que Enrique Peña Nieto era centralista, pues López Obrador le dijo: quítate que ahí te voy. Todas las decisiones presidenciales apuntan en la línea de la concentración de poder federal. 

Quitarles el dinero a los partidos. Ahí estoy de acuerdo, siempre y cuando se discuta un modelo integral de financiamiento. Regulación del dinero privado y definición de un piso mínimo de recursos públicos para competir. Es muy conveniente -siempre- para quien gobierna proponer la desaparición del dinero para los partidos. Y yo lo asumo: los partidos políticos se gastan el dinero del contribuyente en frivolidad y privilegios que son inaceptables. Sin embargo, para ganar en política se necesita dinero (AMLO lo sabe bien) y si queremos una cancha pareja de cara a 2024, todos los partidos deberían tener opciones de financiarse, ya sea con fondos públicos, privados o recursos de su militancia. La reforma electoral va a ser un nuevo revés para el Gobierno. El presidente dirá que sus adversarios son enemigos de la democracia, del pueblo y de la austeridad. Traidores a la patria. El presidente quiere utilizar la negativa para debilitar a una oposición que salió medianamente bien librada de la discusión sobre la reforma eléctrica. La reforma nació muerta, pero el presidente le sacará jugo electoral de cara a los comicios del 5 de junio. 

Por su costumbre de no viajar al extranjero, Andrés Manuel López Obrador se dio cuenta tarde que el reconocimiento que no consigue en México lo puede acopiar al sur de nuestras fronteras. Mientras que en México 30 millones de ciudadanos votaron por él esperanzados de que les mejoraría su calidad vida, su economía personal, los servicios de salud, la seguridad pública, atraería mejores empleos y, sobre todo, acabaría con la corrupción, nuestros hermanos del sur no le exigieron nada. Así consiguió el máximo poder posible en México y reinstauró la presidencia imperial con un gabinete ornamental, un Congreso sumiso, un Poder Judicial Federal que es su comparsa y con dinero en caja. ¿Qué podía salir mal? Sin embargo, a casi cuatro años de gestión todo lo esperado de él sigue en el mismo estado, pero con la diferencia de que aquella esperanza la guardan muchas menos personas que en 2018. Sabemos –porque se nota– que lo que López busca –y le gusta– es el halago fácil, que le rindan pleitesía sin cuestionamientos y eso está consiguiendo en su gira por Centroamérica. 

 Ellos no le pueden reclamar que les da poco o que les ofrezca programas probadamente inservibles y, al mismo tiempo, recarga su alforja egocentrista y –de pasadita– aparenta atender la exigencia estadounidense de contener la migración ilegal. Claro que al montaje de fraternidad latinoamericana lo desnuda la realidad mexicana: afiliará guatemaltecos a un sistema de Salud sin medicamentos y sin cobertura universal; les ayudará a reforestar cuando impulsa un deterioro ambiental brutal con el Tren Maya y la refinería de Dos Bocas, y dice que evitará la migración de Centroamericanos cuando mexicanos pobres y cada vez más de clase media huyen –literalmente– a Estados Unidos y Canadá en busca de seguridad y una vida digna. Y Servicio Social: Solicito tu ayuda para localizar la autorización previa del Senado de México para que López Obrador pudiera aceptar y portar la Condecoración de la Orden del Quetzal que recibió hace un par de días del Presidente guatemalteco. No la encuentro y no creo –ajá– que se haya atrevido a traicionar a la patria aceptando una condecoración de un gobierno extranjero así nomás. Y En Cuba, recibirá la Orden José Martí. Al igual que Hugo Chávez, Salvador Allende y Saddam Hussein entre otros, al presidente de México será este domingo galardonado. Pore ello y más López Obrador está feliz, feliz lo cual presto va a donde le aplauden.

Jugadas de la Vida.

Florencia Serranía ex titular del Metro quien fue la responsable de la caida de la ruta 12 que provocó su salida, que lejos de fincarle responsabilidades, la nombra el presidente de México al nombrarla Consejera l Centro de Ingeniería y Desarrollo Industrial (CIDESI) parte del sistema de CONACYT, así premian ahora las irresponsabilidades de los funcionarios.

Twitter: @ldojuanmanuel