REFORMA

Francisco Morales V.

Cd. de México (15 mayo 2022).- Durante 40 años, la periodista Silvia Lemus vivió con un hombre que, en realidad, como ahora recuerda con cariño, eran dos hombres distintos.

“Yo veía a dos Carlos Fuentes: al Fuentes escritor, el novelista, ensayista, dramaturgo; y luego veía a mi marido, que era fantástico vivir con él”, explica.

Un día antes de que se cumplan 10 años del fallecimiento del escritor, Lemus rememora por teléfono uno de los momentos precisos en los que, para ella, su marido guapo, encantador, cinéfilo y bailarín se transfiguraba en el Fuentes que conocen sus lectores.

“Yo sentía la diferencia cuando estaba a punto de dar una conferencia, cuando comenzaba diciendo ‘Señoras y señores’, y ya estaba yo muy contenta viendo al hombre de letras”, cuenta.

El 15 de mayo del 2012, hace exactamente 10 años, Carlos Fuentes falleció de manera repentina, insospechada, habiendo bosquejado, apenas un día antes, la que sería su siguiente novela y de la cual sobrevive únicamente el título: El baile del centenario.

En un ajetreo incesante que la ha llevado de un homenaje a otro, pues nadie ha querido quedarse sin conmemorar a Fuentes, Lemus ha realizado en estos últimos días una serie de evocaciones memoriosas, carentes de solemnidad excesiva, que pintan a los dos Fuentes a la luz de quien lo conoció mejor que nadie.

Y aunque la estatura del autor, uno de los imprescindibles del idioma y conocido en el mundo entero, ha producido en estos días sesudos análisis sobre su obra, quizá el comentario más elocuente lo hizo su esposa al presentar la convocatoria del Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en el Idioma Español.

“Realmente era un tipazo este señor, en verdad lo era”, dijo en aquella ocasión, y todos los que la oyeron se rieron al reconocer que estaba en lo cierto.

Autor de clásicos insoslayables de la literatura hispanoamericana, como La región más transparente, Aura y La muerte de Artemio Cruz, gran parte de la celebridad de Fuentes recae también en su figura pública, con su elocuencia permanente, el humor agudo, la elegancia indeclinable de su aliño y, cómo no, su emblemático mostacho de galán.

“Una vez yo le dije: ‘Carlos, dijiste en una ocasión que te hubiera gustado ser poeta'”, cuenta Lemus. “Y él me dijo: ‘No, yo hubiera querido ser actor de cine, en una película de la Columbia, en donde yo sería el malo y Humphrey Bogart el bueno”.

Tiene, desde luego, mucho de cinematográfica la forma en la que Fuentes y Lemus se comprometieron, en una velada en el Hotel María Isabel, mientras bailaban un jazz acompasado con la voz de Nancy Wilson.

“Cuando bailábamos, me dijo: ‘Silvia, me quiero casar contigo, tener una familia, tener hijos y llevarte a vivir a París”, recuerda Lemus. Y así fue.

Desde 1972 hasta el 2012, el matrimonio gozó de una existencia nómada que los llevó a vivir en París, Londres y en distintas ciudades de Estados Unidos, donde Fuentes siempre fue bien querido a pesar de una mala fama que, lamenta la periodista, todavía persiste.

“Muchas veces se ha dicho que Carlos odia a los Estados Unidos, pero nunca los odió, los criticó cuando debían ser criticados y los elogió cuando debían de ser elogiados, porque él creció ahí y él tenía prácticamente dos lenguas maternas: el español, y tenía como segunda lengua materna el inglés de Norteamérica”, explica.

Además de la evidente admiración, para quien conoce sus influencias, que Fuentes sentía por un gran número de escritores estadounidenses, las estancias del autor en Estados Unidos lo llevaron a hacerse amigo entrañable de intelectuales norteamericanos contemporáneos como Kenneth Galbraith, William Styron y Norman Mailer.

También, una relación de amistad con el hoy Presidente Joe Biden y a frecuentar a la familia Kennedy cuando el matrimonio Fuentes-Lemus pasaba tiempo en una casa rentada en Martha’s Vineyard.

De todos, sin embargo, Lemus recuerda particularmente al novelista Philip Roth, de quien Fuentes se hizo amigo cuando ambos daban clases en la Universidad de Pensilvania.

“Carlos iba en tren, esperaba en la estación de Princeton, subía al tren y se encontraba nada menos que a Philip Roth, entonces viajaban juntos”, recuerda.

“Philip Roth era brillante, pero además era muy divertido, tenía una serie de ideas muy cómicas y la pasábamos muy bien con él”, celebra.

Lemus ha acuñado el término “bebé globalizado” para referirse al Fuentes que creció en diversos países por el trabajo diplomático de su padre, con seguridad una de las razones por las que podía moverse con fluidez –y hacer amigos– en cualquier lugar en el que se encontrara, como con el novelista Milan Kundera, uno de los motivos por los que es tan bien leído en Europa del Este.

Más allá de su impresionante memoria para las anécdotas de esta vida compartida, la periodista ha sido, también, una de las lectoras más minuciosas de Fuentes y, por ello, su principal promotora y encargada de mantener su catálogo vigente y disponible para nuevos lectores.

En esta última década, ninguna reedición, obra póstuma, inédito o antología ha visto la luz sin que ella, cuidadosamente, la haya revisado.

Más aún, la biblioteca de Fuentes en la casa que compartieron en San Jerónimo, actualmente en proceso de catalogación minuciosa por la bibliotecaria Rosario Martínez Dalmau, es todavía una fuente inagotable de materiales que seguirán dando luz sobre el proceso creativo del escritor.

“Ella (Martínez Dalmau) me ha comentado la admiración que tiene por la biblioteca y por el escritor, porque es una biblioteca en la que Carlos leyó para su información de acuerdo con lo que él estaba escribiendo, la novela, los cuentos, los ensayos”, detalla Lemus,

“Se expresa de ella como una excelente biblioteca de escritores de varias nacionalidades. Él podía leer inglés, francés, italiano y tal vez hasta el portugués”.

Compacta, de 12 mil títulos, la biblioteca y su archivo han brindado la posibilidad de publicar conferencias, ensayos y textos ocultos del autor, en una labor editorial incesante durante los últimos 10 años.

Además, celebra Lemus, las solicitudes de traducción de su obra siguen llegando, como una de la magna Terra Nostra al mandarín, junto con un interés renovado de casas productoras de cine y televisión para adaptar sus libros.

Según cuenta, actualmente existen pláticas, en proyectos distintos, para llevar Aura, Vlad, Los años con Laura Díaz y La muerte de Artemio Cruz a las pantallas.

“Estas cosas suceden cuando Carlos ya no ha estado y no sé hasta qué punto llegarán. Ojalá las realicen”, espera.

Años ajetreados, pero también, desde luego, difíciles, en los que Lemus nunca se ha sentido desprovista por completo de la presencia de Fuentes.

“Yo perdí a dos hijos, a Carlos y a Natasha, antes que a mi marido, y aprendí a tenerlos conmigo, y es lo que yo hago con Carlos, porque Carlos me acompaña. Yo sé que es muy difícil pensarlo como yo lo digo, casi es como muy fácil, pero uno va viviendo el futuro cada día”, reflexiona.

“Yo lo que he hecho es, de la misma manera en que tengo a mis hijos, yo me atrevo a hacerle preguntas que obviamente yo me respondo, pero me las respondo siempre guiada por el pensamiento de Fuentes, de Carlos, a quien extraño mucho, igual que a mis hijos”.

A 10 años de su fallecimiento, Carlos Fuentes, o los dos Carlos Fuentes, el hombre de letras y el “tipazo”, siguen vivos en la memoria de su mejor lectora y defensora de su obra.