REFORMA

Erika P. Bucio

Cd. de México. Aunque María Reyna, soprano oaxaqueña, ya cantaba con Natalia Lafourcade o Lila Downs, al bajarse del escenario regresaba a su trabajo como empleada del hogar.

Nacida en Santa María Tlahuitoltepec, tierra de músicos, canta desde niña, pero decidió trasladarse a los 15 años a Guadalajara para poder educar su voz porque, aunque abundan las bandas filarmónicas en su pueblo, no hay clases para ello ahí.

Cantaba con grupos versátiles y concursaba en las fiestas patronales, donde ganaba electrodomésticos.

Su propia madre, campesina como su padre, la alentó a irse. Le dijo en mixe, su lengua materna: “Detrás de esa montaña, hay una vida diferente”.

“Trabajar en casa es una vida difícil”, dice en entrevista la cantante.

Con su primera empleadora, Patricia, aprendió español y a usar los cubiertos, con cuchara y tenedor. En su siguiente trabajo, en casa de unos médicos, un día pusieron música de la Banda Filarmónica de Tlahuitoltepec, sin saber que ella era de allá, y al escucharla, se echó a llorar: “Es mi casa, pero quiero estudiar”.

María Reyna intentó en la UdeG y estuvo tomando cursos, pero no la aceptaron por no saber leer música. Ese día salió muy afectada, triste. “¿Será que esto no es para mí?”, se preguntó, y camino al centro de la ciudad se encontró con una escuela chiquita donde preguntó por las clases de canto.

La recibió el compositor y director Joaquín Garzón, un primer encuentro que resultaría decisivo para el futuro de la soprano. Él aceptó escucharla. Empezó a cantar No quiero estar ahí, una canción de moda, y la acompañó al piano.

María Reyna salió de la escuela con la promesa de volver, pero no lo hizo porque no podía pagar las clases; en ese tiempo pagaba renta y ganaba muy poquito.

Intentó buscar otro trabajo donde le pudiera ir mejor en otra colonia de Guadalajara, pero, sin dejar de pensar en el canto y buscando una escuela, volvió a toparse con Garzón, quien en ese otro lado de la ciudad tenía una academia. El reencuentro fue definitivo.

A partir de 2009 fue su alumna, pero María Reyna aún sufría para pagar las clases, a veces ni comía ni cenaba.

Garzón y su esposa, Gabriela Avendaño, dueños de la escuela, le abrieron su cocina para que pudiera comer.

Hasta que un día, María Reyna tomó la decisión que considera la “más grande” de su vida. Sus empleadores de entonces le dijeron que cantar no la iba a llevar a ningún lado y que mejor se quedara en la casa.

“Yo les dije, ‘No, señores, yo vengo a cumplir mis sueños, yo quiero trabajar de lo que me gusta y no me voy a quedar aquí en casa'”.

Al enterarse, la familia Garzón reaccionó de inmediato: “Salte de ahí”. Y a partir de esa noche, y durante seis meses, la escuela fue su hogar.

Garzón, quien le enseñó la técnica operística, le insistía en que debía ser auténtica y, en tanto que extrañaba su lengua, que por qué no cantaba en mixe. Y María Reyna comenzó a cantar Tääk´Unk (Madrecita en lengua mixe ayuujk): “Madre, por siempre te llevo en mi corazón”, mientras lloraba de nostalgia por la mujer más importante de su vida, que no entiende español.

Era el nacimiento de un nuevo género: la ópera mixe.

Con los arreglos de Garzón, grabó junto a él un video con canción original de Talemón Vargas, y lo colgaron en redes sociales. Ese 2012 recibió la invitación para cantar en Oaxaca y ser la voz de las mujeres indígenas y afrodescendientes; cantó en mixe, zapoteco e italiano, idioma que aprendió por su formación operística.

“El 21 de noviembre (de ese año) me dieron mi nombre de soprano mixe”, asegura.

No pensaba estudiar ópera, un género que ni conocía. “Es más, yo le decía a mi maestro: ‘¿Qué es eso? Yo no voy a cantar así; la muchacha está gritando'”.

Pero Garzón le planteó que si quería ser una cantante profesional tenía que aprender la técnica, y que en el camino encontrarían quién era María Reyna.

Y así fue: cantar en mixe y otras lenguas originarias como soprano le descubrió un mundo.

La ahora llamada “ópera mixe” es una fusión de música clásica y jazz contemporáneo cantada en lenguas originarias.

María Reyna atiende a una frase de Garzón que la marcó: “Cuando él me conoció me dijo algo muy importante: ‘Para ser internacional hay que ser profundamente regional'”.

Y comenzó a tener una presentación al año, pocas, pero importantes.

En 2012, en el Teatro Juárez, como en 2013, por ejemplo, colaboró en un disco con Lafourcade y Downs, así como con, entre otros artistas, Ely Guerra, y se presentaron en la explanada del Palacio de Bellas Artes ante miles de personas.

“Me tocó estar con Natalia Lafourcade, pero yo era una novata. Me dijo: ‘No te preocupes, tú puedes. En el escenario, cierra los ojos y canta’. No la he visto, pero siempre se lo voy a agradecer”.

Luego se presentó en el Instituto Nacional de las Lenguas Indígenas, en el Castillo de Chapultepec y en la Sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes, aunque todavía seguía trabajando en casa.

Posteriormente fue invitada a Chile para representar a México en un encuentro cultural.

“Me fue de maravilla, y ahí sí dije: ‘Esto es para mí; me trataron como una reina'”. Se acordó entonces de las dos primeras personas que le dieron trabajo, Patricia y Marichuy, “ángeles en su vida”. Una de ellas le enseñó cómo sostener una copa de vino para cuando brindara con gente importante, y el día llegó, pues compartió mesa con el Presidente de Chile.

A Oaxaca volvería para presentarse en el auditorio de la Guelaguetza con la banda filarmónica del Centro de Capacitación Musical y Desarrollo de la Cultura Mixe (CECAM) de su natal Tlahuitoltepec, y en 2019 presentó su disco Orgullosa soy raíz, en el Teatro de la Ciudad de la Ciudad de México.

El disco levantaba vuelo y María Reyna se veía en un dilema: tenía una gira y le avisaban que tendría un cargo comunitario como secretaria de Salud en su pueblo, y se debatía pensando cómo haría para cumplir con ambas tareas cuando vino la pandemia, la gira se pospuso y entonces la cantante, que había salido a los 15 años de Tlahuitoltepec, volvió a su comunidad ya como una mujer de 30.

Su madre, sabia, tenía razón: más allá de la montaña había una vida diferente.

Pero ahora su sueño continúa: Este sábado se presentará en el Auditorio Blas Galindo del Cenart, a las 19:00 horas, y en julio se estrenará un documental que protagoniza: Yo soy la reina.