EL PAÍS

JORGE ZEPEDA PATTERSON

Que el canciller Marcelo Ebrard no es el favorito de Andrés Manuel López Obrador para convertirse en su sucesor, es evidente. Las razones por las cuales la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, estaría más cerca del ánimo del mandatario han sido abordadas en muchos espacios de análisis, incluyendo este. La principal, sin duda, es el hecho de que se trata de una figura formada en las filas del obradorismo y es percibida por propios y extraños como alguien con mayores posibilidades de garantizar la continuidad del proyecto social y político arrancado en este sexenio. Y sobra decir que, a medida que se acerca el fin de su ciclo, para López Obrador la consolidación de las muchas cosas que quedarán inconclusas habrá de convertirse en una obsesión. Lo podemos ver en las cada vez más frecuentes menciones al respecto.

En ese sentido, el contraste de Sheinbaum con Ebrard es obvio; la larga y variada trayectoria de este último y la estatura política de la que goza por derecho propio, que podrían ser virtudes en otras circunstancias, se convierten en un lastre para efectos de ser considerado el delfín del líder del movimiento. Y las probabilidades de Ebrard aún serían menores si, como dice el presidente, el tema de la sucesión fuese definido en una encuesta entre seguidores de Morena (más allá de que por lo general suelen coincidir con las preferencias del presidente). A población abierta los dos precandidatos estarían en un empate técnico según distintos sondeos, pero entre los militantes de ese partido la ventaja de Sheinbaum es amplia. Y esto difícilmente habrá de cambiar, a menos que el presidente quiera que cambie.

Desde ese ángulo, las perspectivas del canciller son exiguas, al grado de que algunos analistas se preguntan si no le sería más conveniente comenzar a buscar apoyos en otras fuerzas políticas. Pero desde otro ángulo eso no es tan obvio. Después de todo, por ahora solo hay dos precandidatos viables, con muchísima distancia sobre un tercero. La carrera presidencial es más parecida a un maratón de supervivencia, y el hecho de que dos corredores se hayan desprendido de tal manera del resto del pelotón no es poca cosa. La diferencia, por supuesto, es que en el maratón el segundo lugar consigue medalla de plata, en esta carrera, en cambio, no se lleva nada salvo la probable animadversión del próximo presidente. Quizá los 18 meses que restan antes de que Morena deba tomar una decisión sea un período insuficiente para disminuir su desventaja en Palacio Nacional pero, por otro lado, cualquier imponderable político o un desliz imperdonable de su rival, lo dejarían como puntero de manera automática. En tales condiciones, renunciar a esta carrera para inscribirse en otra es suicida.

En suma, tan lejos y tan cerca. ¿Cuáles son los tiempos y escenarios de Marcelo Ebrard?

1.- Con Obrador hasta el final. En abono a esta opción, el Canciller podría encomendarse a dos factores. A) Que la competencia contra los otros partidos resulte mucho más cerrada de lo que ahora se vislumbra, sea porque la oposición logra una candidatura unificada y relativamente viable o porque el desgaste del Gobierno deja a Morena con menos intención de voto, al grado de que el presidente se ve obligado a inclinarse no necesariamente por su favorito sino por aquél que asegure el triunfo, bajo el supuesto de que Ebrard sea ese “alguien”. B) Apostar hasta el último momento por el surgimiento del citado imponderable que de alguna manera haga inviable la candidatura de la actual puntera al acercarse la recta final. Aparentemente los dos factores escaparían al control de Ebrard. Pero solo de manera aparente, porque esta estrategia puede operarse en dos intensidades. Activa, tratando de incidir en este escenario, lo cual rompería lanzas con el equipo de Sheinbaum y a la postre con el obradorismo si esta gana. Y pasiva, conservando la posibilidad de que, si los factores no se presentan, al final negociar con la designada, hacerse útil y apostar por una siguiente oportunidad.

2.- Ruptura con el obradorismo. Habría que preguntarse si una ruptura abierta es realmente un escenario viable o una especulación de café político. Si Ebrard lo desea puede ser el candidato de algún partido, sin duda, la pregunta es si eso le permitiría aspirar a un triunfo. El tema de fondo es el PAN. Asumiendo, sin conceder, que lograse la representación del PRI, del PVEM y de Movimiento Ciudadano francamente se ve difícil que el blanquiazul se sume a la causa de un protagonista político que siempre ha estado en la acera de enfrente. Y sin el PAN no le alcanzaría contra el candidato oficial. Podría argumentarse que, dada la escasa posibilidad que tendría el PAN para competir solo, en un argumento in extremis podría ceder en aras de sacar al obradorismo de Palacio. No es imposible, pero sí poco probable.

3.- Amago de Ruptura o solución Eruviel. Al dejar la gubernatura del Estado de México, para buscar la presidencia del país, Enrique Peña Nieto intentó imponer como candidato del PRI a Alfredo del Mazo, actual gobernador. Eruviel Ávila, el entonces carismático alcalde de Ecatepec del mismo partido, amenazó con encabezar una alianza de la oposición y competir con el pupilo de Peña Nieto. Este último, que no se podía permitir una derrota local y emprender el camino a Los Pinos quedando expuestas sus espaldas, optó por entregar a Eruviel la candidatura. No es un escenario probable para Ebrard porque López Obrador no es alguien que suela ceder ante una presión política. Pero también es cierto que el canciller no tiene que explicitar este escenario si es que flota en el ambiente.

Caben opciones intermedias entre estos tres escenarios. Por ejemplo, mantenerse en el primero hasta el último tramo y si las condiciones no le favorecen explorar las otras dos opciones. Sin embargo, en lo personal creo que la mejor alternativa del canciller sigue siendo apostar por lo que representa su aporte al movimiento obradorista y hacerlo valer. No está claro que el conjunto del electorado opte por una versión que, por razones reales o aparentes, es percibida como radical. Tampoco es descartable que el propio López Obrador termine por inclinarse por una opción más conciliadora o moderada para consolidar sus reformas. Habría que insistir en que más allá de su discurso polarizante, las políticas públicas de AMLO buscan introducir el cambio dentro de un proceso estable y responsable. Ebrard bien podría sostener que el verdadero continuismo no es aquel que repite la fórmula sino el que la adapta a las necesidades y la hace posible. El equipo del canciller tendría que estar trabajando en planteamientos y soluciones políticas, financieras y logísticas viables para aterrizar lo que quedará inconcluso: salud universal, desarrollo del sureste, injusticia social, pobreza, inseguridad, entre otros. Ese sería el mejor argumento frente a López Obrador.

En lo personal creo que, aunque con matices sustanciales, Claudia Sheinbaum y Marcelo Ebrard son los dos perfiles con mayor capacidad y profesionalismo para conducir los destinos del país, con mucha distancia del resto de los precandidatos, dentro o fuera de Morena. Será un debate interesante.