Hace un par de días escuchaba en la radio a una locutora famosa, una especie de “influencer” para mujeres “de mi rodada”, es decir, de mi rango de edad, básicamente la “generación x” (sí, en esa etapa complicada en que las arrugas empiezan a aparecer junto con las canas, nuestra juventud se despidió para dar paso a la impetuosa juventud de nuestros hijos que nos hace sentir esperanza pero a la vez incertidumbre y hasta miedo; al tiempo que empezamos a ver en nuestros padres, de la tercera edad, que los años no han pasado en vano, que si bien han dejado en ellos el fruto de la experiencia y la sabiduría, también han provocado el decaimiento de su salud, y nos duele pensar que algún día habrán de adelantársenos al encuentro con el Señor, claro, si Dios dispone que vayamos en orden cronológico a su encuentro). Bueno, la cosa es que esa locutora sugería que “no inculquemos en nuestros hijos un sentido de culpa hacia nosotros, que no tenemos por qué ser una ‘carga’ para ellos en nuestra vejez”; incluso celebraba que una amiga suya ni siquiera hubiera informado a sus hijos -ya adultos- que la habían operado, hasta unas tres semanas después de la cirugía, cuando ya lo peor había pasado. ¡Uf! Creo que su mentalidad es muy “europea”, pero ya estamos viendo en el viejo continente los resultados de una sociedad indiferente, egoísta y con una marcada cultura del descarte. 

El Papa Francisco, por el contrario, nos recuerda las palabras del Salmista: “No me rechaces en mi ancianidad; no me abandones cuando me falten las fuerzas” (Salmo 71, 9); y nos aclara que ese mismo Salmo —que descubre la presencia del Señor en las diferentes estaciones de la existencia— nos invita a seguir esperando; pues confiando en Dios encontraremos la fuerza para alabarlo cada vez más (cf. vv. 14-20) y descubriremos que envejecer no implica solamente el deterioro natural del cuerpo o el ineludible pasar del tiempo, sino el don de una larga vida. ¡Envejecer no es una condena, es una bendición, no sólo para el anciano, sino también para quienes viven a su lado!

Esto nos dice el Papa en su mensaje para la II Jornada Mundial de los Abuelos y los Mayores, que celebramos este domingo 24 de julio. La instituyó el año pasado, fijándola para el cuarto domingo de julio, cercano a la memoria litúrgica de los santos Joaquín y Ana, abuelos de Jesús quien, dicho sea de paso, no se olvidó de su Madre Santísima y aún en la Cruz, la dejó bajo el amparo del apóstol amado (Jn 19, 26 – 27). 

Los ancianos son signos vivientes de la bondad de Dios que concede vida en abundancia, asegura el Papa; nos recuerda que las sociedades más desarrolladas invierten mucho en esta edad de la vida, pero no ayudan a interpretarla; ofrecen planes de asistencia, pero no proyectos de existencia. Anima a los abuelos a llevar una ancianidad activa también desde el punto de vista espiritual, cultivando su vida interior por medio de la lectura asidua de la Palabra de Dios, la oración cotidiana, la práctica de los Sacramentos y la participación en la Liturgia; los invita a ser protagonistas de la revolución de la ternura, aún más necesaria en un mundo a prueba por la pandemia y la guerra; les pide enseñar a las nuevas generaciones a ver a los demás con la misma mirada comprensiva y tierna que dirigen a sus nietos.

Y a todos nosotros el Papa Francisco nos invita a anunciar esta Jornada en las parroquias y comunidades, ir a visitar a los ancianos que están más solos, en sus casas o en las residencias donde viven; tratando de que nadie viva este día en soledad, pues la visita a los ancianos que están solos es una obra de misericordia de nuestro tiempo. El Sumo Pontífice pide a la Santísima Virgen, Madre de la Ternura, que nos haga a todos artífices de la revolución de la ternura, para liberar juntos al mundo de la sombra de la soledad y del demonio de la guerra. ¡Que así sea! 

LUBIA ESPERANZA AMADOR. 

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