REFORMA

Gabriela Warkentin

Los perros son nuestra entrada a mejores dimensiones. Y cuando se van, nos vamos un poquito todos.

Seguro sabías de los tantos que salvabas cuando rascabas la tierra para indicarle a tus colegas humanos que ahí podía estar una persona atrapada. En peligro. Que no se valía renunciar. Insistir y oler y mover la cola e insistir, insistir. Ahí estaba alguien o ya no. Pero nunca cesabas. Sé que sabías lo que hacías, pero lo que te importaba era hacerlo. La fama es solo humana, la compasión es también animal.

Las lamidas que revivían eran solo tuyas.

Te conocí en el temblor de 2017. Con tus goggles de buceadora, las botitas en cada pata para protegerte de lo que pudieras pisar. Tengo por ahí algunos peluches que personas agradecidas tejieron en tu honor. Tu mirada amorosa y digna, mirada de perro. Apreciabas el apapacho pero tenías tatuada tu vocación salvadora. Y esa comunicación casi esencial con los humanos que te iniciaron y acompañaron. La Marina, esa fue tu casa. Te sintieron siempre. Imagino que deben estar llorando.

Así como yo.

Y es que cada que un perro se va, se nos parte un poquito el corazón.

A todos.

Aún a los que se resisten.

En el 17 tembló en una buena parte del país. Puebla, Morelos, CDMX, Oaxaca y más. Un 17 que nos sacó del ombligo para volvernos a reconocer frágiles y necesitados de la solidaridad humana y animal. Vivir en territorio sísmico siempre es jugar a las vencidas con el destino. Lo sabemos y aun así aquí seguimos.

Frida era solo una perra.

Pero era también esa perra.

Carismática y digna, perra rescatista, siempre al servicio de la Marina y de México. O al servicio de su corazón. Estoy segura de que ningún perro sabe de himnos ni de fronteras, solo de lealtades muy afectivas. Y quienes fueron rescatados por Frida o a quienes les haya olfateado la vida en logro de sobrevivencia, hoy seguro la abrazan porque a los perros se les abraza.

Y se les agradece.

Confieso que mi artículo de esta semana no tenía que ver con Frida, la perrita salvadora. Iba a decirles que las marchas del pasado domingo en defensa del Instituto Nacional Electoral y de la democracia marcan una nueva etapa en la confrontación polarizante entre gobierno y oposiciones (no siempre partidistas). Iba a comentar que la partida no está cantada para nadie y que los ganadores en la calle podrían ser los perdedores narrativos y los perdedores desde Palacio podrían ser los ganadores del relato. Iba a plantearles algunas preguntas tal vez obvias: ¿quién capitaliza la movilización?, ¿quiénes serán capaces de articular el malestar de los miles que se sienten agraviados por una mirada de Palacio que siempre los denigra?, ¿qué parte de las clases altas asume su responsabilidad para construir una realidad igualitaria y equitativa?, ¿quién hace qué para que en este país quepamos todos mirándonos a los ojos en igualdad de circunstancias?

bla bla bla bla bla bla bla

Muchas cosas sesudas e importantes.

Pero se murió Frida.

Y me brotaron las lágrimas y me acordé de su liderazgo salvador y de lo mucho que hacen tantos en este país por proteger y acompañar y de los perros que nos reciben a lamida franca y de las ganas que tenemos de abrazarnos y del placer de protestar y de gritar y de recorrer territorios y de la risa abierta que es la única que libera.

Me acordé de la vida.

Hace algunos años murió Facundo, mi perro adorado. Y yo muy tranquila, después de despedirlo, me fui a un restaurante a preparar una conferencia que debía dar en unas horas. Leía, escribía… hasta que me brotó un llanto incontrolable. Creo que todavía le debo al restaurante la comida. Me salí a caminar y a acompañar al amigo del alma en su camino a una mejor dimensión.

Gracias, Frida, por tanto.

Qué bueno es poderte llorar.

Y a los humanos a mi alrededor: coloquemos la mirada en lo que importa, salvemos lo que se pueda y deba salvar, honremos lo que queramos construir. Y dejemos de estarnos jodiendo un día sí y otro también.

Me saludas a Facundo, querida Frida.

Dile que no dejo de extrañarlo.

@warkentin