EL PAÍS

ELÍAS CAMHAJI

México – 23 DIC 2022 – 12:30Actualizado:23 DIC 2022. León Ferrara, un instructor de yoga en Guadalajara (México), se esfumó sin dejar rastro el martes de la semana pasada. Sus alumnos y amigos más cercanos lo buscaron por todas partes. Lo último que supieron es que había sacado a pasear a sus dos perras pomerania y que no había regresado a casa. Sin pareja, hijos ni familiares cercanos en la ciudad, fueron ellos quienes intentaron levantar una ficha de desaparición, pero su nombre no arrojaba ningún resultado, ni siquiera estaba en el registro poblacional. Pasaron tres días sin tener noticias de él hasta que se dieron cuenta de que su maestro no se llamaba León Ferrara, sino Jorge Rueda Landeros. Y que no estaba perdido ni secuestrado, sino que había sido detenido por asesinato. Rueda Landeros, profesor de meditación y lenguas de 52 años, es el principal sospechoso del homicidio de la profesora Sue Ann Marcum y había estado durante más de 10 años en la lista de los fugitivos más buscados por el FBI. “Soy inocente. Supongo que no de todo, pero evidentemente sí de eso que me están imputando”, asegura durante una llamada telefónica desde el Reclusorio Sur de Ciudad de México.

― En todos estos años, ¿siguió el caso? ¿Todo lo que se dijo sobre usted?

― No, no seguí nada. Una vez que yo desaparecí del radar, lo olvidé por completo. Inclusive, aún tengo dificultad respondiendo a ese nombre de Jorge. Ya casi no tengo nada de él dentro de mí.

“Ha sido muy fuerte. Siento que estoy pasando por un duelo porque maté a un amigo. Conozco a León, pero no sé quién es Jorge”, afirma María, una alumna suya que decidió hacer público el caso con la condición de que su nombre real no saliera publicado. A finales de la semana pasada, ella acudió a levantar una cédula de búsqueda en la Fiscalía Especial en Personas Desaparecidas del Estado de Jalisco, la segunda entidad de México por el número de desaparecidos. “Su amigo no está desaparecido, está detenido y tiene una ficha de Interpol”, le dijeron tras siete horas de espera. “No le podemos decir más”.

“Si alguna vez tengo la oportunidad de sentarme con él, tendré que hacerle varias preguntas”, zanja María.

Sue Ann Marcum, una reconocida profesora de Contabilidad de la American University, fue hallada muerta el 25 de octubre de 2010 en su casa de Bethesda (Maryland), una pequeña ciudad de 65.000 habitantes a las afueras de Washington D.C. “Se debía a sus estudiantes, tenía una pasión por enseñar que la hacía entregar todo por ellos”, afirmaba Donald Williamson, el colega que la invitó a unirse a la facultad en 1999, en un homenaje grabado y organizado por la universidad.

Al principio, todo apuntaba a un robo que había salido mal. Tras recibir una llamada del 911, la Policía llegó a la escena del crimen poco antes de las once de la mañana y encontró el cuerpo de la víctima, que parecía haber forcejeado antes de ser asfixiada y matada a golpes por su agresor. Casi todos sus objetos de valor, sin embargo, seguían en la residencia. La única excepción era una vieja furgoneta Jeep Cherokee, que ya no estaba aparcada afuera de su casa cuando los agentes recibieron la denuncia.

El vehículo fue recuperado antes de la medianoche ese mismo lunes de octubre. DeAndrew Hamlin, un joven afroamericano de 18 años, lo robó y se dio a la fuga hasta que perdió el control del coche, se estrelló y fue detenido tras una larga persecución policial. Hasta ese momento, Hamlin era el único sospechoso del robo y del asesinato. El 12 de abril de 2011, el muchacho se declaró culpable de haber tomado la furgoneta, aunque el caso por homicidio seguía siendo una incógnita. La Policía local declararía después que la escena del robo parecía un “montaje” y que era posible que el joven hubiera tomado la furgoneta después de hallarla abandonada. Cuatro días más tarde, las autoridades emitieron una orden de arresto contra Rueda Landeros tras identificar su ADN en la casa de Marcum y en el arma homicida, una botella de vidrio.

A Marcum y a Rueda Landeros los unía la pasión por el yoga. Los amigos de la víctima dicen que se conocieron en el verano de 2005, cuando ella tomó clases de español en una modesta iglesia de la zona de Washington, donde él era profesor. El sumario judicial apunta que empezaron una relación en 2006.

― ¿La conocía?

― Claro, ella era parte de un círculo social que yo tenía allá con varias personas. Había una relación, una amistad.

― ¿Fueron pareja en algún punto?

― Pues sí. Definitivamente se puede decir que tuvimos algo de eso.

La Policía encontró una serie de archivos en la computadora de Marcum sobre la apertura de un fondo de inversión manejado por ambos y una declaración de impuestos de 2008 en la que se asentaban movimientos financieros por más de 100 millones de dólares. Siempre según el sumario judicial, los correos electrónicos que intercambiaron daban cuenta de que tuvieron diferencias por la forma como Rueda Landeros gestionó el dinero. En un cajón de la casa, los agentes descubrieron una póliza de seguro de vida a nombre de la víctima por medio millón de dólares, en la que él aparecía como el único beneficiario. “Eso eran cosas que teníamos juntos, pero eso es completamente independiente de un crimen”, revira Rueda Landeros.

Los agentes sostienen que el caso es sólido: había un motivo, muestras genéticas del acusado en la escena del crimen y facilidad de acceso a la residencia de la víctima. “La investigación policial determinó que Marcum peleó y posiblemente conocía a su atacante”, se lee en una declaración a la que ha tenido acceso EL PAÍS.

Rueda Landeros se presentaba como un antiguo bróker de Wall Street que decidió dejarlo todo para emprender un camino de autoconocimiento. Se había hartado, sentía que no había hecho nada de su vida y se fue a la India. El nuevo Jorge era yogui, artista plástico y poeta. No tenía apegos materiales, vivía como un asceta, cruzaba constantemente la frontera para visitar a sus familiares en Texas y Virginia, y sacaba dinero de clases que impartía ocasionalmente en pequeños cafés o centros espirituales.

“Sue hablaba de él como si estuviera en un pedestal, como si fuera un dios”, recordaba Larry March, el amigo que hizo la llamada al 911, en The Hunt [La cacería], un documental que grabó la CNN sobre el caso en 2016. “Había algo de él que simplemente no me gustaba”, dijo en el programa, que seguía la historia de un romance que se convertiría en un abuso de confianza y que después acabaría con un asesinato “a sangre fría”.

Rueda Landeros sostiene que “no estaba en ese lugar en ese momento” y que residía en México. Asegura que su ADN está en el lugar del asesinato porque “era una relación más o menos íntima” y que las autoridades “han mezclado” problemas “cotidianos” que tuvo con su expareja para argumentar que existía un móvil. “Fue hace un montón de tiempo, pero la última vez que la vi no sé si fueron semanas antes de lo que después sucedió”, agrega.

Las autoridades estadounidenses, en cambio, no tienen dudas. Tampoco el círculo íntimo de Marcum. En junio de 2011 se oficializó la orden de arresto contra Rueda Landeros como único sospechoso. Cabello negro, ojos castaños, 1,78 metros de altura, 91 kilos, oriundo de Ciudad Juárez con doble nacionalidad, hombre de 52 años, profesor de yoga y español. La ficha roja de Interpol y la orden de busca y captura del FBI marcaron el inicio de una nueva vida como fugitivo. Al final, sería incluido en la lista de los más buscados por asesinato.

Antes de desaparecer del mapa, Rueda Landeros se dio el tiempo para contactar a un reportero de The Washington Post e insistir en su inocencia. A mediados de junio de 2011 se le atribuyó un correo electrónico enviado a un detective de la Policía de El Paso. “Están cordialmente invitados a cruzar el mismo puente, en la dirección opuesta, y verme en el Sanborn’s, una cafetería estupenda aquí en Juárez, y podremos hablar de negocios todo lo que ustedes quieran”, se lee en las notas de los medios estadounidenses. “Es mejor si vienen en domingo. Podemos hacer un brunch. Por supuesto, yo invito. Suyo, Jorge”.

Una doble vida

― ¿Jorge y León tienen la misma historia de vida o son dos personas distintas?

― Se parecen en muchas cosas. Al final, es inevitable utilizar la experiencia que uno ha tenido en la vida. Entonces, se entrelazan muchas cosas.

León Ferrara “nació” poco después de que Jorge Rueda Landeros intentara visitar por última vez a sus hermanos en Texas y se enterara de la orden de captura. “Entre que son peras y son manzanas, los gringos tienen sus asuntos y yo me alejaría de ellos”, le aconsejó su tío. No ha vuelto a tener contacto con ellos. También es conocido como Sadú León: a veces oriundo de Brasil, otras nacido en Juárez, hijo de diplomáticos de origen turco, descendiente también de judíos conversos. “Sadú es a lo que yo más o menos empezaba a orientarme, que son los yoguis ahí de la India que andan desnudos. Hace mucho que hago yoga. León es un nombre común de los filósofos judíos en España, se supone que mi familia paterna venía de marranos o criptojudíos. Por eso se me ocurrió”, explica.

“León era mi mejor amigo”, cuenta Sofía, que pide el anonimato como el resto de los alumnos del profesor de yoga. Ella tomaba clases con él los martes y los jueves. Todavía se vieron por última vez el martes de la semana pasada, horas antes de que fuera detenido. Sofía conoció al instructor en 2013 y trabaron amistad poco tiempo después. Lo describe como una persona culta, difícil en las primeras impresiones, con un humor negro y sin temor a hacer comentarios directos o críticas sobre el aspecto o las acciones de los demás. “Si tienes un ego frágil, no te va a caer bien”, señala.

Sofía abrió varias veces la puerta a León cuando no se podía tomar yoga al aire libre o cuando le enseñaba idiomas o meditación a su hijo. Cuenta que como profesor usaba un método de memorización para enseñar al mismo tiempo inglés, francés, italiano, portugués y alemán. “Era una persona de mi entera confianza, había veces en las que yo aprovechaba que él estaba en casa con mi niño para poder ir al súper, por ejemplo”, cuenta. “Algo de él tiene que existir, es muy difícil fingir durante 10 años”.

León Ferrara contaba que había trabajado en la Bolsa, en Nueva York y en Boston, y que después se había ido a la India para autodescubrirse. Después, pasó tiempo en un monasterio de Tailandia. Leía mucho y publicó tres libros en la editorial de la Universidad de Guadalajara sobre técnicas básicas de yoga y meditación. Tenía pocos vínculos familiares, pero se involucraba mucho en la vida de sus alumnos más cercanos: les daba consejos sobre sus relaciones de pareja, era un confidente dispuesto a escuchar, se implicaba con sus familias. Decía que era un hombre que había viajado mucho, le gustaba dar consejos y direcciones específicas de restaurantes o sitios interesantes para visitar en Turquía, España o Costa Rica. En la mayoría de los casos no existen pruebas para corroborar sus relatos.

“Era muy convincente, aunque de repente había detallitos que parecían un poco exagerados en lo que contaba, como para hacerlo más interesante”, afirma Rubén, un amigo suyo que es psicólogo. Entre lo real y la ficción, León Ferrara imaginaba y contaba que había estado un tiempo en Harvard, que había sido enviado como agente encubierto a Israel y casi lo atrapan, que tuvo una relación tórrida con una muchacha rusa con la que peleaba mucho y a la que “llegó a querer matar”. Lo contaba como una anécdota más a Rubén. Pero nunca le dijo nada sobre su pasado como Jorge Rueda Landeros ni sobre las acusaciones de homicidio en primer grado ni mostraba remordimiento. “Ahora que lo pienso era un narcisista”, dice Rubén. Como amigo se esfuerza por darle la presunción de inocencia y el último beneficio de la duda, pero como psicólogo espera que esos rasgos narcisistas no rebasaran la frontera de la psicopatía.

Cuatro personas cercanas a él comparten los sentimientos de tristeza, preocupación, dolor y traición. Se preguntan quién era realmente esa persona, si debieron haber visto alguna señal de alerta o si se trata de una injusticia y tendrá oportunidad de dar su versión. Para ellos faltan piezas del rompecabezas, la información disponible es escasa y no les cuadran los extremos de la realidad de las últimas semanas: por un lado, una identidad como un hippie que promovía huertos urbanos y por el otro, un expediente judicial por el asesinato de su expareja. Si se comprueba que León es culpable, dicen de forma unánime, tiene que pagar. “No somos ingenuos, las acusaciones son muy graves”, dice María.

― Mucha gente en Guadalajara se sorprendió al enterarse de todo esto. ¿Qué les diría?

― Sí, es sorprendente (suspira). La verdad es que no afecta lo que yo intentaba compartir con ellos: era la práctica de la ecuanimidad, las técnicas que uno aprende con el yoga, donde uno intenta no privilegiar demasiado ningún elemento de lo real porque todo es cambiante y fugaz. Entonces, así como estuve con ellos y compartimos juntos, igual y la gente desaparece y ya.

― ¿Se disculparía con ellos o no es el caso?

― (Silencio). Híjole… no sé si disculparse sería el caso. Porque, entonces, lo que yo les había propuesto de una visión alternativa o no convencional de la vida, donde uno está nomás abierto a la experiencia, ya no sería cierto.

Jorge o León navega entre sus propias divagaciones para evadir las respuestas directas. Cuando le preguntan si cometió el asesinato, dice que es inocente de eso. Cuando le preguntan sobre su relación de pareja con la víctima, contesta que hubo algo de eso. Cuando le preguntan si pediría perdón a sus amigos por ocultarles quién era en realidad durante 10 años, responde que no lo sabe.

Pese a la amplia cobertura que hubo en Estados Unidos del asesinato, en México el caso pasó prácticamente desapercibido. La Fiscalía General de la República no emitió un comunicado de la detención, tampoco ninguna otra instancia gubernamental en ambos países. Los medios de EE UU tampoco están enterados del arresto. Aunque no hubo un anuncio oficial, fuentes del sistema penitenciario confirmaron a EL PAÍS que Jorge Rueda Landeros ingresó a prisión el pasado 14 de diciembre “bajo los efectos de la detención provisional con fines de extradición” y “reclamado por el Gobierno de los Estados Unidos de América por el delito de Homicidio en primer grado”. En su ficha de entrada, aparece sonriente y mirando fijamente a la cámara.

Al sur de la frontera, el detenido espera el proceso de extradición asesorado por un abogado de oficio que le dice que de este lado no se puede hacer mucho y que solo resta un trámite protocolario para que sea enviado a EE UU. “Hay mucho abuso de autoridad, hay mucha decadencia, todo está muy dejado de la mano de Dios”, se queja de su estancia en prisión.

Es un destino que decía haber olvidado, pero que también parecía esperar algún día. “El poeta, a quien llamaremos ‘el artista’, es candidato a la silla eléctrica en el Estado de Maryland. Con prestigio así, el afortunado se ha dado a la vida de incógnito y movilidad, como gitano apátrida”, escribe un tal Harvey Ostrovsky, supuesto director del Centro de Estudios de América Latina de la Universidad de Berkeley, en el prólogo de un libro de poemas de Jorge Rueda Landeros, que el propio Jorge Rueda Landeros subió a internet. Todo parece de mentira. Porque no hay rastro de Ostrovsky en la web ni de que haya ocupado ese cargo, ni siquiera que fuera un empleado de la universidad. Lo más probable es que Rueda Landeros haya utilizado ese seudónimo para hablar de sí mismo. Quizá fue otra oportunidad para asumir otra identidad, para inventarse otra vez un relato sobre sí mismo.

― Mucha gente que le conoce no entiende por qué se escondió si decía que no hizo nada…

― Eso es simplista, de cierta forma. No hay mucho qué decir al respecto.

― ¿Qué explicación daría a ese cuestionamiento?

―(Silencio). Por ejemplo, aquí se maneja la presunción de la inocencia. Pero, aun así, está uno tiritando casi todos los días. Sufriendo acoso y extorsión de la autoridad. Hay procesos que suceden independientemente de tu situación de culpabilidad o de inocencia. Son esos procesos los que las personas buscan evadir (…) Está muy lejos de una aceptación de culpabilidad que uno quiera evadir todos los procesos aplastantes del Estado, por Dios, nada qué ver.

Jorge Rueda Landeros parece haber alcanzado a León Ferrara. En prisión, el acusado recuerda una escena de Match point, la película de Woody Allen, en la que una pelota de tenis se queda suspendida justo en medio de la cancha, arriba de la red. “Por una fracción de segundo, la bola puede caer adelante o atrás”, dice una voz en off. “Con un poco de suerte, cae adelante y ganas o quizás no lo hace y pierdes”, agrega el narrador. Poco después uno de los personajes arroja su anillo al río Támesis, rebota en una barandilla y queda suspendido en el aire antes de caer al suelo. “No importa hacia dónde vaya”, complementa Rueda Landeros, como si librarse fuera un juego o dependiera de un acto de suerte.

En la otra cara de la moneda, el entorno que dejó atrás Sue Ann Marcum, que no pudo ser contactado antes de la entrega de este texto, espera que se haga justicia y que su legado prevalezca en los homenajes, en sus estudiantes y en la beca universitaria que lleva su nombre. La víctima fue asesinada a los 52 años, la misma edad con la que finalmente fue aprehendido el principal sospechoso del crimen. En el limbo de quiénes conocieron solo una de las identidades de Rueda Landeros, las personas más cercanas de un hombre que ha vuelto a desaparecer del radar se resignan a la esperanza de que algún día se responderán sus preguntas. “León es inocente, Jorge Rueda no sé”, dice María antes de colgar el teléfono.