EL PAÍS

CARLOS S. MALDONADO

Un grito colectivo acompaña la trama de Ruido. “No estás sola. No estás sola”. Lo repiten mujeres que han perdido a una hija, una hermana, un padre, un nieto, una madre. Esa gente amada que desapareció repentinamente y dejó un vacío lleno de angustia, de horror, de un dolor que rompe el cuerpo. El “no estás sola” que sirve de consuelo, de apoyo, la batería que las ayuda a levantarse cada día con la esperanza de encontrar a sus desaparecidos. La cineasta Natalia Beristain pone enfrente un espejo que refleja la imagen de un país desgarrado, del México que día a día ve cómo la gente se esfuma sin que haya una explicación, hasta sumar más de 100.000 nombres perdidos en un abismo de violencia, de corrupción y de impunidad. Ruido es el grito desesperado de miles de personas a quienes esa violencia calló.

No son solo un número, alerta Beristain. No: son rostros, vidas, voces, nombres, risas, sueños, planes, una historia personal detenida con un choque violento. Julia, la protagonista de esta película, se despierta día tras día, a lo largo de nueve meses, a la espera de que las autoridades le digan qué pasó con su hija Gertrudis, quien hizo un viaje con dos amigas a un paraíso mexicano para celebrar el fin de sus estudios universitarios del que nunca regresó. Julia espera esa llamada que le diga que su hija ha sido encontrada, viva o muerta. Poder ver al menos el cuerpo que le permita apagar la aflicción que la ahoga. Julia se sumerge en la oscura alberca de la burocracia mexicana, que tiene el rostro de indolentes burócratas más atentos al timbre de su teléfono móvil que a la búsqueda de quien desapareció. En los primeros minutos de la trama, Beristain lanza ese primer reflejo de un México brutal: ha habido una confusión en el expediente de su hija, le dice el tercer fiscal que en nueve meses ha sido nombrado por las autoridades para investigar el caso. “Lo siento de verdad”, se disculpa. Y la indignación estalla en el pecho de Julia con la furia de un animal herido: “¿Para qué chingado están ustedes aquí?”

Esa furia no la paraliza. Al contrario, la mujer —interpretada de forma conmovedora por la actriz Julieta Egurrola— se lanza a buscar personalmente a su hija, en un viaje también revelador. En esa travesía logra una aliada importante: Abril, una joven e intrépida reportera interesada en la historia de las miles de personas desaparecidas en México. Una voz incómoda, siempre dispuesta a interpelar a unas autoridades incompetentes. Ambas mujeres viajan juntas, hacen largas rutas en coche, en autobuses, sumergidas en el espeluznante mundo de la violencia mexicana: una abogada que pasa sus días escondida y escoltada por su trabajo beligerante en apoyo a las personas que buscan; una policía tosca que a cambio de una mordida permite a Julia y a Abril buscar en un camión lleno de cadáveres, cuerpos violentados de jóvenes víctimas del jugoso negocio de la trata; albergues donde chicas tristes pasan los días sin saber qué esperar de la vida; y mujeres curtidas por el dolor y el sol, valientes madres o hermanas o hijas reunidas en colectivos y que, hartas de esperar una respuesta de la autoridad, se han lanzado por valles, desiertos, bosque y predios urbanos para buscar ellas mismas, para abrir con sus propias manos fosas comunes y sacar del pozo del horror un hueso que dará esperanza a una familia.

La película de Beristain recuerda que nadie en México está libre de sumergirse en ese mar de espanto. Julia es una artista plástica exitosa, que lleva una vida tranquila entre las clases medias altas de Ciudad de México, hasta que se topa de frente con la desaparición de su hija. No solo son las mujeres de Ciudad Juárez, los jóvenes obligados a enrolarse en el crimen en los Estados del norte, o las muchachas descuartizadas en Ecatepec. Cualquiera puede ver su vida truncada en un país incapaz de frenar una violencia desbocada. Y ese es el potente mensaje de esta película desgarradora. “Quizá como yo, tampoco tienes claro qué del dolor ajeno te resuena en lo más íntimo o te resulta personal. No importa si, por fortuna, no has sido alcanzado por algunas de las tantas violencias que atraviesan nuestro territorio, el dolor de los otros también es tu dolor. Y es quizá ahí donde, sin importar que tú y yo no nos conozcamos, nos encontramos. Y por más contradictorio que parezca eso que nos une no es el dolor, sino el amor, la empatía y que a través de estos conceptos —y maneras de encarar el mundo— atisbamos un esperanzador cambio de narrativa como país”, ha escrito Beristain sobre su película, que se estrenará el 5 de enero en cines seleccionados y el día 11 en Netflix, la compañía que produjo el filme.

La empatía a la que se refiere Beristain la encuentra Julia en los colectivos Voz y Dignidad por los nuestros, de San Luis Potosí, y Buscándote por amor, del Estado de México. Integrantes de estas agrupaciones aparecen en la película para contar sus historias, el largo suplicio que llevan en la búsqueda de los suyos, que da a la trama la fuerza de la veracidad: no, esto no es ficción, es la pesadilla cotidiana que desvela a miles de personas en México. Es a través de las historias de estas mujeres que Julia comprende que el silencio no es excusa. Y conecta su dolor personal con el de otras que ya están hartas, que salen a la calle no solo en su dolorosa búsqueda, sino para gritar que no permitirán más impunidad. La película cierra con una manifestación feminista en el corazón de Ciudad de México: decenas de mujeres bailan, gritan, marchan. “No deberíamos estar aquí buscando a los nuestros”, dice una. “Estamos aquí por rabia, por amor, por hartazgo”. Y aunque la policía irrumpe en la manifestación, detiene y golpea a mujeres, revienta el campamento donde ellas se refugian —”el Estado opresor es un macho violador”, gritan algunas—, Julia entiende que su viaje continuará al lado de esas mujeres aunque algún día halle a su hija Gertrudis. “No estás sola”. No están solas.