Cipriano Miraflores

Parte sustancial del ejercicio del gobierno es el pueblo, se gobierna en nombre del pueblo, para el pueblo y con el pueblo. Esta idea es de aceptación universal, es un concepto netamente político.

Los gobernantes que consultan e interpretan la voluntad del pueblo se les denomina demócratas, los que ignoran la consulta e interpretación se les conoce como autócratas. Los que consultan e interpretan requieren del oficio de la operación política y del arte de la política, los autócratas que son pura voluntad, es evidente, que no requieren de ningún arte ni de operación política alguna.

Si el pueblo requiere ser consultado, entendido y atendido, resulta que el pueblo tiene un poder originario, sólido, es voluntad poderosa, reconocida como soberana, nada y nadie por encima del pueblo.

 Entonces, el pueblo es voluntad de poder, donde no existe esta voluntad de poder no hay pueblo, hay servidumbre. Es pueblo o parte del pueblo toda aquella agrupación de ciudadanos que manifiesta, que expresa esta voluntad de poder.

Es pueblo o parte del pueblo es solo aquella que participa, orienta, reclama, marcha, exige al poder público su voluntad y su bienestar. Aquellos ciudadanos que no se agrupan para estas exigencias no se les pueden considerar pueblo o parte del pueblo, cuando mucho se les puede considerar población.

Pueblo entonces, es aquella asociación política que forma Estado para sus fines, sus razones y voluntad. La máxima expresión política de un pueblo es el Estado, el Estado, entonces, es el pueblo organizado bajo una voluntad determinada. Entonces, si se gobierna en nombre del pueblo, se asume legítimamente la dirección del Estado.

 Si se gobierna autocráticamente se desconoce al pueblo, por tanto, es una usurpación del Estado, se gobierna en propio nombre del gobernante o de su grupo.

Esta asociación política llamada pueblo, debe de tener alguna naturaleza, que en primera instancia debe ser histórica, cultural, económica y psicosocial. Desde el punto de vista de los gobernantes, apegarse a la idea de que el pueblo, porque conviene políticamente que sea así, no ha variado, en lo sustancial gran cosa, que sus pasiones, sus instintos, sus sentimientos siguen la misma ruta de siempre, parecen inalterables, obedecen a la misma lógica.

Su amor, odio, ambiciones, deseos, permanecen idénticos a través de los siglos y solo manifiestan los medios y sus maneras de expresarlos. Si esto es así, gobernar al pueblo sirve saber de su historia o más correctamente, de sus historias.

 Si el gobernante sabe administrar las pasiones de los hombres asociados obtendrá el éxito de gobierno deseado. Desde luego, esto requiere de mucha experiencia, oficio, conocimientos, de astucia y de mucho tacto, pues no es fácil aprovechar de la potencia y de los desbordamientos de las pasiones humanas.

 Si piensa que puede bastar el tiempo, las ciencias, la moral, la ética, las leyes, la fuerza, está muy equivocado. Al pueblo se le gobierna con dispositivos, es decir, por mecanismos y artificios eficaces. Algunos dirán que al pueblo se le gobierna sin razones.

Por eso, un código moral para el pueblo es inútil, alejarlo de sus pasiones, de sus deseos, de sus motivaciones, de aquí el fracaso, de siglos, de las religiones, solo la política es capaz de señalar rutas para desbocar esas pasiones, la política no puede transformar las pasiones humanas solo les da dirección con sus propias fuerzas.

 Mientras viva en asociación política el hombre no puede rehuir o huir de sus pasiones, solo lo puede lograr en la soledad del desierto o de las montañas. Asociado políticamente pierde mucho de su individualidad, por ende, de ser dueño de sus pasiones.

En el pueblo, como en los niños, predomina lo sensual, lo instintivo, lo pasional, lo inconsciente sobre la inteligencia, se rigen por explosiones súbitas e inusitadas de la voluntad, ni unos ni otros persiguen conscientemente fines, solo los gobernantes están en capacidad de hacerlo.

 Entonces, gobernar al pueblo es como gobernar a infantes, no a adultos, en esto hay pedagogías experimentadas, como el Príncipe de Maquiavelo. No hay razones para gobernar al pueblo solo dispositivos, engaños, simulaciones, disimulos. La mejor manera de enseñar a gobernar a alguien es el conocimiento profundo del niño.

Pero sin las pasiones los pueblos no son nada, son motivo de todo tipo de coloniaje espiritual, político, social e ideológico. Un pueblo sin voluntad, sin coraje, sin carácter, sin miedo es un pueblo manso, motivo de servidumbre.

 Por eso el gobernante requiere de una formación especial, de oficio y de carácter para aprovechar las pasiones del pueblo para su propio bien.